Hola! Me llamo Tommy, y como van a ir conociendo en mis relatos, tengo una vida un poco “extravagante”. Mi trabajo me hace viajar mucho por todo el mundo, y conocer personas nuevas todo el tiempo. Y entre tantas oportunidades, a veces pasan cosas dignas de ser contadas.
Soy de Buenos Aires, Argentina. Tengo ahora 26. Estudié y me dedico a un área técnica, bastante parecida a la Ingeniería. Soy alto (1.85), de cuerpo normal, ni flaco ni gordo. Cuando estoy en Buenos Aires me gusta decir que aprovecho un par de veces a la semana el gimnasio de mi edificio, aunque la verdad es que tengo muy poca constancia para el ejercicio. Tengo ojos grises/verdes/celestes, depende el día, y pelo rubio oscuro. No soy el chico más atractivo con el que se van a encontrar, más bien en el promedio, pero lo compenso vistiéndome muy bien. Soy de esas personas que no va a la oficina dos días con la misma ropa en todo el mes, que siempre está comprando algo nuevo de temporada, y a la que siempre todos los amigos le están preguntando cómo vestirse.
Todos las historias que voy a ir publicando son reales, por más locas que parezcan por momentos. Siempre me gustó escribir, por lo que las fui registrando casi de inmediato luego de que pasaran. Aun así, recién ahora me hago el tiempo para empezar a revisarlas y publicarlas. Por supuesto, la mayoría de los diálogos son una recreación parafraseada, ya que ninguna memoria es perfecta. Pero todos los detalles, las sensaciones, los lugares, la intensidad, la temperatura, los sabores y aromas que pueda transmitir con palabras… todo eso sí, es genuino.
Esta es la primera de muchas. Espero que la disfruten!
Bienvenidos a mi loco mundo.
----------------------------------------------------------------------------------------
La historia que voy a contar pasó a mitad del 2024, justo cuando acá nos estábamos congelando, y en el hemisferio norte cocinando.
Todos los años viajo paso varios meses seguidos en Europa por mi trabajo. En ese momento tenía 25. Me había recibido un par de años atrás de una carrera de la rama de lo tecnológico, y tuve la increíble suerte de entrar a trabajar en un área que viene acompañada de muchos viajes. Ya de hecho tenía desde Enero mi agenda organizada para viajar entre Agosto y Octubre, después que aflojara el calor infernal que venía haciendo en los últimos veranos mediterráneos.
Como era de costumbre, mis amigos que todavía estaban rindiendo los últimos finales de la facultad recibieron con varios meses de anticipación mis fechas de viaje junto con amigables amenazas de muerte sobre recibirse mientras yo no esté jajajaja. Uno de los pocos a quienes les faltaba terminar la tesis era mi mejor amigo de la facu, Jonás, con quién cursé casi toda la carrera (sí, tengo también algunas historias de la época de la facu, algunas que lo incluyen a Jona y un par de chicas; ya las voy a ir contando, paciencia!). Y ya con los últimos preparativos, 2024 iba a ser su año.
Casi un mes antes de su último final y defensa de tesis me llegó una invitación a dar una charla muy importante de un tema que encima me encanta en un workshop de verano en Ámsterdam. La charla era en julio, y mi viaje a Europa estaba programado para Agosto, pero por suerte pude convencer a mis supervisores de prolongarlo un mes, así que acepté dar la presentación.
Igual había un problema: mi charla era una de las introductorias, por lo que debía ser el primer lunes del workshop. Y la recibida de Jona tenía fecha para el viernes anterior, tres días antes de la presentación. Encima la fiesta de recibida la habíamos organizado para el sábado (para dejarlo dormir después de semanas de mucho café). No iba a faltar justo a la recibida de mi mejor amigo, así que iba a tener que viajar el domingo para llegar el lunes durante la mañana (y controlar de no tomar mucho en la fiesta...).
Por más preparado que fuera a estar para la presentación, y lo bastante bien que me suelen salir sin tener que poner mucho esfuerzo (es una de las pocas cosas que admito libremente me suelen salir muy bien, junto con la pizza, las gambas al ajillo, y elegir un buen vino), el hecho de llegar a Ámsterdam solo unas horas antes me tenía un poco preocupado. Todos los que viajaron alguna vez a Europa saben bien el estado de destrucción con el que uno llega, después de 12hs en una lata a 11km sobre el Atlántico. No importa si te encantan los aviones (como por suerte es mi caso), la destrucción del jet-lag es total. Encima, al hacer el cambio de fecha, por la gran diferencia de precios (Julio era bastante más caro), solo me pudieron reservar el pasaje en turista (yo ya había pagado el upgrade para el primer pasaje). Cuando me llegó el mail de confirmación de cambio de la aerolínea me quería morir! En otro momento me la hubiera bancado, pero esta vez no tenía margen de error. Así que después de resignarme y saber que iba a tener que controlar bastante el gasto en boludeces para compenzar, metí los números de la tarjeta y me pagué de nuevo el upgrade a business para poder llegar en una pieza y funcional. Y fue lejos la mejor decisión que tomé en años.
La defensa de tesis de mi amigo salió perfecta, los festejos y cena de ese día también, y la fiesta del sábado todavía más. Tomé la precaución igual de irme relativamente temprano, y a la 1 me despedí de todos, y me fui a casa directo a una ducha rápida y a la cama. Ya tenía las valijas y hasta mi mochila y maletín listos, así que aproveché a tomar la mayor cantidad de horas de sueño posibles.
El vuelo de Iberia salía el domingo a las 13. A las 8:30 sonaron las alarmas, desayuné un café muy rápido, me cambié, y me preparé para salir en menos de media hora. Como de costumbre me pasaron a buscar mis papás con la camioneta, subimos las tres valijas grandes (tenía que llevar ropa de verano e invierno, así que iba muy cargado), y salimos para Ezeiza, rezando que no haya mucha congestión en el camino. Por suerte por ser domingo no había tanto tránsito, así que en poco más de una hora llegamos.
Cuando me acerco al mostrador del aeropuerto a despachar las valijas, veo que estaba terminando el check-in una chica que me llamó un montón la atención porque estaba vestida súper elegante con una capelina naranja, anticipando el verano europeo. Hermosa, alta, con pelo castaño y algunos reflejos, y claramente un muy buen gusto por la ropa. Yo mido 1.85, tengo los ojos claros, el pelo rubio oscuro, soy relativamente normal de cuerpo, y puedo decir orgullosamente que también me visto bien. Pero no había comparación. La chica era verdaderamente hermosa, varios niveles por encima de lo que podía llegar a aspirar normalmente. Aun así, podía apreciarla como uno mira una chica linda en un cuadro. No fui muy sutil igual, porque hasta mi mamá se rio de notarme medio tildado por unos segundos mirándola, hasta reaccionar que había llegado mi turno de arrimarme al mostrador.
Termino el trámite, me despido de mis viejos a los pies de las escaleras tan dramáticas que ahora tiene Ezeiza, y me resigno a la procesión usual de seguridad y migraciones. Por suerte había podido guardar el sweater y tapado en el carry-on (que llevaba casi vacío justamente para esto), así que quedé cómodo solo con la camisa celeste y mi pantalón blanco.
Normalmente me hubiera pasado un rato por el free shop a probar perfumes, pero tenía un poco de hambre. Así que me fui directo al lounge, esperando poder comer algo liviano para matar el rato hasta embarcar. Había bastante gente, porque era compartido por los pasajeros de varios vuelos, pero encontré un sillón cómodo en donde dejar mis cosas y relajarme. Intenté hacer el ritual usual de los que viajamos por trabajo: saqué la computadora y pretendí responder un par de mails (digo “pretendí”, porque la verdad tenía cero ganas de ponerme con el trabajo un domingo horas después de la fiesta de recibida). Aburrido, miré alguna de las stories de mis amigos de la noche anterior, y sin nada más que hacer que esperar a que repongan la mesada de snacks, saqué un libro de mi mochila y me puse a leer. Por suerte no demoraron mucho en pasar con bandejas de más comida, así que dejé todo sobre el sillón, y fui a buscar algo para comer.
Cuando vuelvo, con un poco de fiambre, unas medialunas y un par de frutas (recuerden que casi no había desayunado, y picaba mucho el hambre ya del almuerzo jajaja), me encuentro a la chica misteriosa y bien vestida del check-in sentada sola justo en el sillón enfrente del mío. Ahora ya no tenía su sombrero puesto, por lo que la pude mirar mejor, intentando igual disimular un poco para no quedar como un creep. Y sí, tal como había sido mi primera impresión un poco más de lejos, era hermosa. En un momento se levanta, y vuelve al rato también con un plato de salados. Intercambiamos una mirada y un gesto de simpatía con la cabeza, pero nada más que eso.
Al haber arrancado antes terminé de comer primero. Tenía una fruta de más, y vi que ella no se había agarrado nada dulce o de postre, así que tímidamente en inglés (no sabía de dónde era, pero supuse que extranjera) le ofrecí si quería.
- Disculpá, no desayuné bien pero igual sobreestimé mi hambre, y me quedó una manzana de más. Si la querés te ahorro un viaje a la barra. Aunque la distancia sea poca comparada con la del avión en un rato jajaja.
En el mismo segundo me arrepentí de lo último que había dicho. Que chiste estúpido! Bah, ni siquiera era un chiste. Pero por suerte (quizás de lástima, la verdad jaja), ella igual se rió.
- Perdón, si, intento de chiste malo. “Dad joke” quizás? No se si califica para eso - dije, intentando no quedar tan como un idiota (aunque tal vez la estaba embarrando todavía más).
Se volvió a reír, ahora un poco más genuinamente, mientras me responde entre risas.
- Escuché peores, incluso en este viaje. Y si, te acepto la manzana- respondió sonriendo.
Habiendo tomado la fruta de mi mano, volvió el silencio mientras ella comía. Ofrecí llevar los platos ahora vacíos a la barra, a lo que aceptó y me agradeció.
Cuando vuelvo, ella estaba concentrada en su teléfono, y yo pensando que esa había sido toda nuestra interacción del día y de la vida, retomé mi libro y me puse a leer. Hasta que escucho de nuevo una voz que me interrumpe.
- Comenzaste por “The Final Empire”, no?
Yo estaba leyendo “The Well of Ascension”, de Sanderson. El libro que ella había mencionado era el primero de la misma saga.
No los voy a arrastrar por todo el diálogo, porque por supuesto no lo recuerdo con exactitud, ni es a lo que venimos acá. Hubo un rato de charla de Sanderson, otro de libros de fantasía en general, un rato de los Franui y la comida china (si, muy conectado el hilo narrativo jajaja), y por supuesto de nuestros viajes. Ella se había venido de vacaciones a Chile y Argentina. Se llamaba Carla. Era italiana, de Milán, arquitecta, y tenía 29 años. Palabra va, palabra viene, nos quedamos ahí hasta que embarcamos muriéndonos de risa con historias de los bloopers de otros viajes que salieron mal. Me pareció que pegamos un poco de onda, pero después de nuestras escalas en Madrid ella iba para otro lado así que yo pensé que quedaba ahí nomás la charla. Además de que ni siquiera nos sentábamos juntos en el avión (si, por supuesto que le había preguntado, tan dormido no soy gente jaja).
Pero increíblemente se me alinearon las estrellas. Ambos viajábamos en business (por eso coincidimos en el check-in y en el lounge), y justo en ese avión de Iberia, la cabina ejecutiva era chica (solo cinco filas, éramos menos de 20 personas). Embarcamos juntos, últimos del grupo, y cuando nos dirigimos cada uno a su asiento, ví que el de al lado de ella, un par de filas atrás, había quedado vacío. Estaba la chance de que aparezca un pasajero tardío, pero pasó el rato, cerraron las puertas, el avión se comenzó a mover, y el asiento al lado de Carla seguía vacío!
Así que después de despegar saqué coraje líquido de la copa de champagne, y me decidí a tirarme el lance, total era alguien que no iba a ver más en la vida, y si quedaba como pesado por cambiarme y seguirla, lo peor que podría pasar fuera que no habláramos mucho y se sintiese un poco incómodo el silencio. Se apagó la señal de abrocharse los cinturones, esperé unos minutos para no parecer desesperado, y me levanté. La fui a ver y le pregunté si quería seguir practicando inglés, y me respondió que sí, riéndose. Le pregunté a la azafata, fui a buscar mis cosas, y me cambié de asiento.
Ahí retomamos la charla del lounge. Seguimos hablando de la vida de cada uno, y al rato ya había de nuevo muchas risas. Yo no presionaba en nada la charla, pero espontáneamente iban apareciendo algunos comentarios un poco picantes sobre citas… Yo le digo que por estar con mucho trabajo hacía bastante que no estaba saliendo, ella me dice que hasta antes de las vacaciones lo mismo.
- Pero me divertí con los argentinos en este viaje. Son… interesantes. Y muy “chamulleros”,
dijo riendo y mirándome con una mueca de picardía, con un acento muy italiano en la palabra “chamulleros”, que dijo textual en español, y se ve que había aprendido en las últimas semanas en Argentina.
- Me gustan - siguió, mirándome de golpe a los ojos,- aunque estaba ya comenzando a extrañar a los italianos un poco también. Voy a tener que empezar a hacer planes de nuevo cuando llegue.
Yo riéndome saqué de la mochila los dos pasaportes, uno azul con el mapa de Argentina y uno rojo con el escudo de la República Italiana, y se los tiro encima de la mesa como si estuviera repartiendo un par de cartas. Ella me empieza cargar con que no valía porque yo no hablaba italiano, mientras ahora ya me agarraba el brazo y me ponía otra sonrisa.
Almorzamos/cenamos (vieron como es el limbo de horarios arriba de un avión), con un par de copas más de vino y después charla con un gin, en la que ya estábamos muy desinhibidos y medio en pedo los dos (ya veníamos de un champagne en el lounge y al subir al avión). Cruzábamos comentarios con doble sentido cada minuto, con miradas y gestos sugestivos de parte de los dos.
Ya habían pasado 4hs de haber comenzado el vuelo, y vemos cómo los pasajeros poco a poco cierran todas las ventanas, y las azafatas bajan las luces de la cabina. Muchos ya estaban durmiendo, y los pocos que todavía faltaban acostaron su asiento, visitaron el baño, y se recostaron a dormir, acompañados por el sonido monótono de los motores del avión. Al poco Carla me dice que también tenía un poco de sueño, y va también ella al baño con un bolso chiquito bajo el brazo. Cuando vuelve, veo que se había cambiado a un pijama con unas calzas negras ajustadas que le resaltaban terriblemente el culo, y una remera suelta, pero que igual hacía presión contra sus tetas. El culo no era muy grande, pero las calzas se lo dejaban totalmente parado. Cuando mi voz interior me obligó a levantar la vista y dejar de mirarle el culo, le veo los pezones marcados en la remera. Me quedé con la boca abierta como un pez cuando la vi. Y en mis pantalones totalmente enfierrado en cuestión de segundos. No había otra reacción válida. Lo que estaba adelante mío era un montón.
Carla sonrió con picardía y se rió en silencio. Dio una vueltita (durante la que mis ojos se volvieron a clavar en su culo), se sentó, y con un tono totalmente desafiante me preguntó
- ¿Me queda bien?
Yo seguía embobado, tratando de disimilar mi sonrisa. Como si fueran los dibujos animados, me agitó la mano delante de mis ojos, y rompimos los dos el momento con una silenciosa risa.
- ¿Mi falta de palabras no te dice algo?
- Me gusta escucharlo.
- Increible… estás hermosa. Hermosa y quemando.
- Te vas a cambiar para dormir?
- Si -respondí rompiendo con mi cuelgue, que no se terminaba de destrabar por seguir pensando en su cuerpo. - Vuelvo en un segundo.
Esa chica, que había conocido solo hace unas horas en Ezeiza, me acababa de dejar sin palabras. Y se notaba que la muy desgraciada lo estaba disfrutando! Antes de quedarme tildado de nuevo mirándole las tetas marcadas en la remera, me levanté, tomé la ropa que había dejado preparada en mi carry-on, y me fui a cambiar al baño. Me había dejado separado un short bien suelto, y remera cómoda de dormir.
Mientras me lavaba los dientes y la cara, no podía parar de pensar en lo que acababa de pasar. Ya me estaba doliendo de tener el bulto tan duro y apretado en el pantalón (no se ilusionen, no es ningún termo especial, sino más bien en el promedio, pero después de tanta charla calentándonos y de lo que acababa de ver estaba desesperado por salir a un lugar un poco más cómodo). No sabía en qué iba a terminar la noche, pero esperando que suba todavía más la temperatura, decidí arriesgarme y ponerme el pantalón sin boxer. Me podría tapar la carpa con la frazada, pero una parte de mi ya se estaba adelantando y estaba segura de que no iba a hacer falta. Igual iba a tener que pasar al lado de las azafatas para ir al asiento, así que me tomé un par de minutos respirando y poniendo la mente en cualquier otro lado para poder bajar la pija aunque sea un poco antes de salir del baño.
Ella se había quedado buscando en la pantalla qué ver, pero cuando me estoy sentando me recibe quejándose de que no había nada bueno nuevo. Le doy un par de chocolates que había tomado del estante de snacks en la galería, y nos pusimos a conversar otra vez. Y no me acuerdo el detalle de cómo fue, pero terminamos en Tinder y Bumble, planes de salidas con chongos, y citas. Y ahí ya se fue todo directo en un viaje sin escalas a la mierda. Nos mirábamos con una calentura como si nos estuviéramos por comer enteros. Nos tocábamos lo más que podíamos. Y aún con la voz bien baja con la que estábamos hablando, se le notaba que estaba poniendo tono de zorra. Éramos como dos represas de calentura a punto de reventar e inundar todo.
El aire rebalsaba de tensión, mientras ella me demostraba usando el cable de los auriculares del avión cómo prefería que le aten las manos, y las mejores posiciones para coger estando atada. Y yo redoblaba la apuesta agarrándola del cuello por momentos, y confesándole que me gustaba que se sienten en mi cara. Estábamos sacados los dos, y todos a nuestro alrededor ya dormidos, sin saber lo que estaba pasando. Por supuesto salió (o, mejor dicho, dirigimos la conversación hacia) el tema de los “lugares riesgosos”. Me dijo que se morboseaba con la idea de coger en el auto polarizado estacionado en el medio de una ciudad, aunque todavía no lo había hecho. Y yo, totalmente jugado y con más calentura que sentido común a ese punto, me acerqué, la miré fijo, y le contesto que nunca había tenido sexo en un avión. Nos quedamos mirando fijo unos segundos, trabados los dos en la mirada magnética del otro. Y cuando ya ninguno de los dos se pudo contener más, nos empezamos a chapar con toda la furia.
Y acá voy a hacer una pausa para dar un poco de contexto, sumamente importante, para que no se piensen que fuimos totalmente inconscientes, pervertidos y degenerados (bueno, un poco igual sí jajaja). La cabina de business del avión en el que viajábamos (A330-200 de Iberia) es muy chica (cinco filas nomás), y fila de por medio los dos asientos del centro están casi unidos, separados solo por los apoyabrazos (que se pueden bajar), y con dos paredes de media altura a los costados del pasillo, creando una especie de “cubículo” con dos pequeñas aberturas para entrar y salir (vean la foto). Los dos asientos del centro encima están desfasados del asiento de la ventanilla en cada fila, dando todavía más privacidad. Y todavía más importante que todo eso, nosotros estábamos en la última fila (los dos asientos marcados en el plano). El baño en la galería atrás nuestro eran para la cabina de turista, así que las cortinas de separación estaban cerradas y no había pasado nadie en más de una hora. A la izquierda nuestra no había nadie (el asiento de la estrella). Y a la derecha nuestro, en particular al lado mío, había un señor mayor totalmente dormido que luego de la cena me había pedido ayuda para bajar su carry-on, buscando la pastilla para dormir porque no le gustaba volar. Solo veía dos pantallas prendidas con películas en las primeras filas; todo el resto de la cabina Business dormía profundamente.

Por más “privacidad” que pareciera que teníamos, había en nosotros igual una adrenalina total. Bajamos los apoyabrazos para que no nos molesten, y nos pusimos de costado hasta quedar más o menos de frente. Nos empezamos mandar manos, todo igual en total y absoluto silencio. El ruido de los motores del avión tapaba nuestra respiración agitada y el sonido de los besos. Mis manos bajaron hasta la base de su remera corta, y se fueron desde ahí directo a sus hermosas tetas. Le besé apasionadamente el cuello, y ella me respondió mordiéndome la oreja. Mientras seguía explorando con mis palmas y dedos sus tetas, ella se inclinó mas hacia mi. Sentí como su mano fue bajando de mi cuello hasta mi cintura. Pero no paró ahí. Siguió bajando, esta vez por el frente, hasta empezar a manosearme el bulto, que ya estaba duro como piedra. Sus dedos me pajeaban despacio por fuera del pantalón.
Rompí el beso, estiré mi cuello para miré alrededor, y agradecí al cielo que seguían todos dormidos. Necesitaba probar esas tetas. Necesitaba verlas con mis propios ojos, y no solo por medio de mi mano debajo de su ropa.
- ¿Puedo? - Le pregunté mientras mis manos tomaban el borde de su remera, comenzando a hacer fuerza hacia arriba.
- Estás loco. - respondió seria, haciéndome helar la sangre por un instante. - Pero sí - terminó de decir, con una sonrisa pícara luego de mirar también alrededor y ver la oscuridad.
Con cuidado estiré su remera hasta que apenas se asomó una de sus tetas, y dediqué los siguientes minutos a chuparla con desesperación. Me metí toda su aureola chiquita en la boca, y mientras succionaba rítmicamente le acaricié con la lengua el pezón. Ella me siguió pajeando sobre el pantalón, cada vez con más presión, y usó la otra mano para acariciarme el pelo. Sabía que había alcanzado los movimientos y el ritmo correcto sobre su teta porque la sentí tirarme del pelo y agarrarme con más fuerza la pija. Le gustaba mucho cuándo mis chupones se ponían más violentos. Quise apretarle suavemente el pezón con los dientes, pero los nervios de la situación me hicieron apretar más fuerte de lo que quería, y la escuché emitir un pequeño chillido. Yo me alarmé y me intenté alejar y bajarle su remera, con miedo a que alguien hubiera escuchado el ruido y nos mire. Pero ella uso su mano para sostenerme la cabeza y obligarme a seguir ocupándome de sus tetas.
Guiado por la calentura, y en paralelo rezando de que nadie nos vea, seguí el mismo ritual sobre su otra teta, que parecía todavía más sensible. Sin pensarlo conscientemente, mi mano libre se fue hacia su abdomen, invadiendo los bordes de la calza con mis dedos. La sentí ahogar un suave gemido, así que seguí avanzando sobre su entrepierna casi totalmente depilada, hasta sentir la humedad y calor de su concha. Estaba empapada e hirviendo. Le acaricié el clítoris, que en sintonía con sus pezones y mi pija estaba también duro como una piedra. Con mis dedos mojados de lo empapada que estaba, copié lo que a mi ex la volvía loca, y la pajeé apretándole desde afuera los costados de la concha, haciendo fuerza sobre la piel a cada lado del clítoris.
Sincronizaba mis chupones a su pezón con los roces sobre su clítoris. La sentía temblar, y en un instante de alejarme de sus tetas vi como se estaba mordiendo el labio, con la vista clavada en el infinito, como queriendo mirar más allá de las paredes del avión en el que estábamos encerrados. Hasta ahora nunca le había metido un dedo, no había hecho falta todavía.
Cruzamos miradas por una fracción de segundo, como si de golpe entre tanta calentura se le hubiera asomado la vergüenza, y me intentó empujar la cara de nuevo hacia sus tetas, como intentando taparse con mi cabeza. Me acerqué por voluntad propia (como si me faltaran ganas de seguir comiéndola!), le lamí bien suave toda la teta, y después de unos segundos de delicadeza me fui directo de nuevo a su pezón, y le pegué un chupón fuerte, como si fuera un chico se secundaria buscando marcar territorio sobre el cuello de la novia. Tomó aire y sacudió su cuerpo, pero sin emitir más que un suspiro. Aunque su mano sobre mi pija casi atraviesa el pantalón de la fuerza con la que me la apretó.
Con mi otra mano le acaricié la teta que le acababa de castigar. Sentí sus temblores de nuevo, y en mis dedos cada vez sentía más humedad saliendo de su concha. No podía desaprovechar la oportunidad de toda esa calentura y lubricación (tampoco es que ella me lo fuera a permitir!). Anticipando un gemido o quejido, me alejé bruscamente de sus tetas, y me fui directo a los labios (de arriba, por ahora jaja). Y en el momento en que cruzamos nuestras lenguas, moví mi mano que todavía seguía pajeandola, y le metí dos de mis dedos hasta que los otros nudillos no me dejaron avanzar más. La sentí inspirar, pero le contuve todo gemido apretando más mi boca a la suya.
Estaba exageradamente apretada. Pero con tanta lubricación me podía mover bien ahí adentro sin lastimarla. Estuve acariciándole el interior, metiendo y sacando mis dedos, mientras nos seguíamos besando y con mi pulgar seguía haciéndole círculos sobre su clítoris. No duró mucho. Se le aceleró la respiración, al punto que rompimos el beso, aunque ella siguió con los labios sellados, sabiendo que con el más mínimo sonido nuestra diversión se iba a dar por terminada demasiado rápido. Me quedé embelesado mirándola acabar. Viendo como nuestra situación hacía que, aun por momentos con la boca abierta, tuviera que apretar los dientes y los ojos conteniendo los gemidos. Mis dedos no pararon de moverse ni cambiaron el ritmo hasta que sentí que las contracciones en su concha se hicieron más suaves, hasta finalmente parar. Se ve que había quedado muy sensible, porque al retirar mis dedos volví a sentir de nuevo la fuerza de una prensa con cada movimiento hacia afuera.
Mis dedos, mi mano, la tanga y la calza que los apretaban contra su concha quedaron todos enchastrados de su acabada. Si hubiera tenido más luz, le hubiera visto seguro el manchón sobre las calzas negras. Por suerte no era squirtera, o no nos hubieran dejado volar nunca más por Iberia del desastre que hubiéramos dejado!
Muy despacio volví a meter mis dedos de a dos, y los saqué tratando de llevarme la mayor cantidad de acabada posible. Retiré mi mano, cuidando que no se toquen con la tela para que no se salga nada. Nos miramos a los ojos, y clavándole la vista me fui lamiendo uno por uno los dedos que estaban totalmente cubiertos de su acabada. Siempre me dio muchísimo morbo hacer eso, y no iba a perder la oportunidad acá! Vi con la poca luz de la cabina como colgaban los hilitos pegajosos de su flujo entre mis dedos dedos. Y uno a uno me los fui limpiando. Cuando me quedaba solo el meñique por limpiar, se lo llevé a su boca y le hice probar el sabor de su propia acabada.
La calentura nos bajó junto con un golpe de claridad a los dos casi al mismo tiempo, y empezamos a mirar todo a nuestro alrededor para chequear que nadie se hubiera dado cuenta de lo que había pasado. Claramente los últimos minutos no habíamos desperdiciado un solo segundo en montar guardia. Por suerte toda la cabina seguía en silencio, con el ruido de los motores, los otros pasajeros cerca durmiendo, e incluso una pantalla menos prendida en las primeras filas (o en una escena de película muy oscura, porque no se veía nada de luz).
Con el alivio de la impunidad que todavía seguía, nos volvimos a chapar. Y, otra vez, su mano se fue a mi pija, ahora ya por abajo del pantalón. Yo no había dejado de estar enfierrado en todo este rato. Y obviamente estaba también chorreando precum desde hace rato. Carla intentó distribuirlo con sus dedos, pero no alcanzaba para pajearme bien.
- Si yo ahora tengo que aguantar estar con los pantalones mojados, no voy a ser la única.
Después de esa rápida declaración, susurrando a mi oreja, juntó saliva y escupió en su mano, que volvió a mis pantalones.
La paja fue increíble. Ni muy fuerte, ni muy suave. Y con las manos todas mojadas de su baba, que renovaba cada minuto. Me descubrió bien toda piel de la cabeza de la pija, y en una de las veces que su mano salió a juntar más saliva, me torturó (porque otra palabra no hay) con las puntas de sus dedos bien mojadas y sus uñas hasta hacerme temblar y gemir en silencio también a mi. Ahora estaba experimentando por mi propia cuenta lo difícil que era contenerse de emitir sonidos.
Al igual que ella cuando le empecé a meter los dedos, era tanta pero tanta la calentura acumulada que no iba a durar mucho más que unos pocos minutos. Pero tampoco quería que termine! Hice un esfuerzo sobrehumano por aguantar lo más que pude. Entre cada escupida a su mano seguíamos chapando. Nos mandábamos lengua hasta la garganta, y solo interrumpíamos para que pueda volver a escupir para seguir pajeándome. Mientras pasaba esta escena, mis manos ya estaban de nuevo ocupadas, una en su cuello mientras chapábamos, y la otra alternando entre sus tetas, su culo, y su concha. Sincronizamos los movimientos de nuestras manos, y cada vez que ella cubría el largo de mi pija, yo le metía dos y luego tres dedos en su concha. Intentábamos no romper el beso no solo de la calentura que teníamos en nuestras lenguas, sino para taparnos mutuamente los gemidos.
Vimos de golpe una sombra moverse en el frente de la cabina del avión. Uno de los pasajeros se había levantado, y había comenzado a caminar hacia nosotros! “Listo, cagamos” pensé. En menos de una fracción de segundo sacamos las manos de nuestros pantalones. Yo agarré mi teléfono del bolsillo, y le puse la cabeza en el hombro de ella mientras ambos mirábamos la pantalla de mi teléfono. Nuestra reacción rápida y discreta nos salvó, cualquiera que nos mire iba a pensar que solo nos estábamos mostrando algo en el teléfono y riendo en voz baja. La persona siguió caminando y dio la vuelta al lado nuestro (estábamos al final del pasillo), y ni siquiera not miró. Era un pasajero que simplemente quería estirar las piernas. Dio un par de vueltas más, fue al baño, y se volvió a acostar en su asiento a dormir. Esperamos cautelosamente unos minutos, en los que nuestra calentura no se bajó en nada, y resumimos nuestra actividad secreta. Ya mientras el hombre había ido al baño, la mano de Carla estaba de nuevo apretando mi pija, y la mía bajaba por su espalda y le apretaba el culo, aunque con más discreción en los movimientos y sin besarnos. Cuando lo vimos acostarse, retomamos el chape y la paja con toda la calentura de antes, y quizás un poco más.
Hasta que fue demasiado. Rompí el beso, y le susurré al oido que iba a acabar. Estaba tan caliente que si iba a acabar en mis pantalones iba a dejar un desastre total. La separé con un movimiento brusco e intenté agarrar unos pañuelos de mi mochila, pero la mano de Carla no me soltaba la pija ni paraba de moverse dentro de mi pantalón. No sabía cómo iba a aguantar esos pocos segundos que necesitaba para alcanzar mi mochila. Mi otra mano salió de debajo de su tanga para intentar ayudarme, pero mi cuerpo entero estaba al borde del colapso y no pude hacer nada.
- Por favor… pará. Pañuelos, en mi mochila. Por… favor… - le supliqué.
Pero no paró. Es más, me agarró con la mano libre el brazo con el que intentaba agarrar la mochila, y me lo alejó. La miré a los ojos por un instante, con cara de desesperación, y vi una mirada casi sádica en ella. Me tenía a su merced. Podía hacer en esos segundos lo que quería conmigo, y yo no podía hacer nada. En un momento inspiré fuerte, como atinando a acabar, y Carla paró el movimiento de su mano, y me apretó fuerte la pija, y con su otra mano desde afuera del pantalón mis bolas. Fue lo suficiente como para milagrosamente frenar el orgasmo, aunque cualquier mínimo movimiento lo iba a disparar. Y Carla lo sabía. Aflojó por un momento la presión, y movió unos centímetros la mano sobre mi pija. Otra vez, respiré y temblé con fuerza anticipando el orgasmo, pero de nuevo apretó fuerte mi pija, y ahora con la otra mano me clavó sus uñas en las piernas, haciéndome distraer lo suficiente como para evitar el choque del orgasmo por segunda vez en menos de un minuto.
Otro amague más no iba a aguantar. La miré de nuevo con desesperación, pero no me salían palabras. Estaba demasiado concentrado en no acabar. Tampoco sabía para qué, porque tarde o temprano iba a pasar, e iba a arruinar completamente mis pantalones (y ni siquera estaba pensando en lo que iba a ser ir al baño tapándome la mancha gigante de leche a cambiarme por segunda vez). Rompió la mirada fija que tenía en mí, estiró su cuello, y chequeó a nuestros alrededores que nadie estuviera mirando (ya era muy tarde para preocuparse por eso igual…) o despierto. Sonrió satisfecha, soltó el amarre que tenía con las uñas de una de sus manos sobre mis piernas, y mirándome nuevamente sacó su otra mano de adentro de mis pantalones liberando por un instante mi pija, se la llevó debajo de su tanga, y la levantó totalmente empapada en sus flujos mezclados de su anterior acabada, y de la nueva paja que hasta unos segundo atrás yo le estaba haciendo.
Me pasó los dedos por mi nariz dejándome olerla, en una situación digna de la mejor película porno erótica de la humanidad, rozó mis labios (yo por supuesto que no perdí la oportunidad de estirar mi lengua para poder probar aunque sea un poco de nuevo), e inmovilizando uno de mis brazos con su otra mano libre, metió su mano ahora empapada en sus flujos en mi pantalón y la usó para terminar de torturarme con una paja lenta pero fuerte, rozándome con los dedos la cabeza y mezclando su acabada con mi precum que no paraba de salir (si chicos, totalmente inseguro esto, pero en ese momento en lo que menos podía pensar era en una its; y por suerte salió bien porque los dos estábamos limpios!). Si bien habían pasado unos momentos (que parecieron una eternidad) desde que había soltado mi pija antes, yo nunca dejé de estar al límite. Y el orgasmo no tardó en llegar de nuevo. Sentir su mano caliente pajearme mojada de toda su acabada, como si estuviera adentro de su concha, fue más de lo que cualquier ser humano podría soportar.
Carla mantenía su cara fija a unos pocos centímetros de la mía, sin romper la mirada de control y lujuria. Sentía su respiración también acelerada, como si estuviera gimiendo en silencio, disfrutando del poder que en ese momento tenía sobre mi. Otra vez sentí que se venía el orgasmo, y solo pude susurrarle
- Acaboooooooo…
Parece que mis ojos de desesperación y entrega despertaron la suficiente piedad en Carla para cambiar de estrategia. En un instante, con un movimiento rápido de su otra mano, tiró de la cintura de mi pantalón y me lo bajó lo justo para sacar mi pija, y se agachó hasta cubrir la cabeza con su boca. Apretó fuerte sus labios, y con un último movimiento de su otra mano todavía cubierta de sus flujos me hizo acabar.
Nunca, pero nunca, tuve un orgasmo como ese. No paraba de acabar y de temblar, mientras me mordía un dedo para evitar gemir o emitir cualquier sonido. Sentía salir los gruesos chorros de leche, casi quemándome de la fuerza con la que salían. No terminaba más. La sentí a Carla tragar leche más de una vez. Era difícil saber si no se había chorreado algo de leche fuera de su boca, porque toda mi pija era ya un enchastre de flujo y saliva de la paja, pero la fuerza con la que apretaba sus labios y succionaba mis acabadas era tan fuerte que no creo. Cuando finalmente terminaron de salir chorros, me dió un par de pajeadas más, buscando exprimir hasta la última gota. Y no se sacó la cabeza de la pija de la boca hasta que estuvo segura.
Con una mirada de satisfacción y morbo absolutos, soltó mi pija, puso su cara en frente a la mía, tragó una última vez, y me estampó sus labios en un chape que duró mínimo 5 minutos. Sentí un sabor raro de los restos de mi leche que todavía quedaban en su boca, pero eso no me frenó de enterrarle la lengua hasta la garganta. Cuando finalmente nos separamos, nos salieron simultáneamente risas nerviosas a los dos, que rápidamente callamos. Finalmente la muy zorra me acercó la mochila, y me dejó buscar un pañuelo para terminar de limpiarme los restos que habían quedado en mi pija (que ya estaba de nuevo dentro del pantalón).
Creen que con esto nos calmamos? Jaja, no… ahora yo había acabado, pero toda la situación la tenía al borde de nuevo a ella. Hacía casi una hora desde que habíamos empezado. Revisamos a nuestro alrededor, y por sobre el ruido de los motores podíamos escuchar el ronquido del viejo que estaba en el asiento más cercano nuestro. Seguía todo “seguro”. Nos empezamos a besar de nuevo, incrementando la intensidad rápido. Mi mano se fue de nuevo a su concha, que estaba todavía más mojada que antes (al punto que la tanga y calza se sentían empapadas en toda la entrepierna).
Me chupé los dedos saboreando lo más que pude. Pero necesitaba más (si, como se habrán dado cuenta, me gusta mucho chupar concha. Hasta ahora no encontré ninguna chica que se queje!). Necesitaba YA arrancarle la calza, enterrarle la lengua, hacerla acabar de nuevo y tragarme todo directo desde la fuente. Si estuviésemos en un hotel, la hubiera levantado en mis brazos y tirado sobre la cama, solo para zambullirme inmediatamente entre esas piernas. Pero estábamos en un avión. Me cercioré de que nadie a nuestro alrededor estuviese despierto. El hombre mayor al otro lado del pasillo seguía totalmente dormido. En los asientos de las dos filas de adelante había total oscuridad. Aún así, la adrenalina nos mantenía al límite, y combinada con la calentura me ayudó a diagramar el siguiente paso.
Le ordené que ponga completamente vertical su asiento (como si fuéramos a despegar), que era el más alejado de cualquier otro asiento ocupado, para intentar minimizar los riesgos. Entre sus piernas y el respaldar del asiento de adelante había casi medio metro, que me permitió arrodillarme en el piso mirándola a ella. Se me ocurrió usar nuestras frazadas para cubrirme a mi y a sus piernas: si alguien llegaba a mirar rápido, parecía como si ella estuviese con el asiento y las piernas estiradas y tapadas. Solo había quedado expuesta mi cabeza, que ella debería tapar si llegaba a ver movimientos alrededor. Juntando el coraje de sentirme protegido con la calentura, congelando nuestras miradas, le bajé la calza primero hasta los tobillos, aunque para estar más cómoda se la terminó sacando totalmente de una de las piernas. Usé la poca luz que había en la cabina oscura del avión para grabar en mi mente esa imagen: sobre esas piernas bronceadas y duras, una tanga negra y gris con un borde de encaje, totalmente ya arruinada de la acabada y pajas que le venía haciendo hace ya casi una hora. Su piel estaba hirviendo, aunque con mis dedos sentí el frío de la enorme cantidad de flujo que ya había traspasado la tela. Se sentía su olor a mujer que tanto me había vuelto loco cuando lo probé en mis dedos y en los dedos de ella, y un dejo de olor a transpiración de estar tan agitada desde que había comenzado nuestra locura un rato antes. Me volvió loco, pero contuve mi entusiasmo. Quería hacerlo durar lo más que nos lo permita el silencio y oscuridad del vuelo.
Usé mi lengua y mis dedos para acariciar el interior de sus piernas. Pasé algunas veces mi lengua por sobre la tela mojada de su tanga, hasta que ella me tomó del pelo y me susurró con firmeza
- Dejá de jugar.
Quise complacerla. Bajé de un tirón su tanga, y luego de tentarla y fastidiarla una vez más rozándole mis dedos sobre su entrepierna, antes que me vuelva a tirar del pelo en represalia, enterré mi cara en su concha. Aspiré lo más que pude de su aroma, aunque el aire seco de la cabina del avión atenuaba un montón todos los olores. En el fondo, aunque me estuviese limitando de poder sentirla completamente, agradecí que gracias a eso nadie más fuera a sentir el olor a sexo. Le mordí y tiré de los labios de la concha, y comencé a acariciar la abertura mientras pasaba mi lengua muy suavemente por su clítoris, que estaba super hinchado. Estaba tan mojada, que los dos dedos que exploraban el exterior entraron de nuevo hasta el fondo sin ninguna fuerza. La sentí temblar, aunque por suerte pudo contener el gemido. Giré mis dedos hacia arriba, y comencé a acariciar las paredes, mientras con mi boca le succionaba el clítoris, y con mi lengua le pegaba suaves golpes. Carla se llevó mi otra mano hasta su boca, y me empezó a chupar y morder mis dedos, con más fuerza cuando aumentaba la fuerza de mis ataques sobre su clítoris. Con su otra mano me apretaba la cabeza, y no me dejaba alejar ni un milímetro de entre sus piernas.
Revisé un par de veces, y por suerte siempre la vi con mirada atenta hacia nuestros alrededores. Y con gestos de sufrimiento y placer. Era hora de mi venganza. Le faltaba poco para su segundo orgasmo de la noche, sentía su respiración cada vez más agitada a través del movimiento rítmico de todo su cuerpo, aunque los motores continuaban tapando completamente el sonido. Decidí aumentar las apuestas, y succioné fuertemente sobre su clítoris, mientras metía un tercer dedo en su concha. La sorpresa de todo eso combinado terminó siendo demasiado, y escuché un finito pero largo gemido, por suerte apenas audible, y más fuerza sobre mi cabeza. Repetí la secuencia varias veces, sintiéndola cada vez más empapada. Ahora que ya sabía de qué se trataba, controlaba mejor sus gemidos y ya no se oían en absoluto, aunque todavía los sentía en la vibración de mis dedos que mantenía en su boca. Dedos que, por cierto, casi me arrancó de la fuerza con la que me los estaba mordiendo.
Por más tapado que estuviese por la frazada, estar de rodillas no era para nada discreto (hasta ahora siempre habíamos estado sentados en los asientos, y más allá del minuto cuando acabé y cuando le había chupado las tetas, no habíamos estado expuestos). Así que, si bien me moría de ganas de hacerla volver loca y llevarla al borde del orgasmo para denegárselo varias veces como me había hecho ella a mi, no me quería arriesgar más de lo necesario. Sentí como su concha se comenzó a contraer y a mojar todavía más, junto con otro gemido agudo por suerte reprimido casi en su totalidad. Mantuve la presión sobre su clítoris durante todo el orgasmo, y cuando por fin sentí que se relajaba su concha, retiré lentamente mis dedos. Bajé con mi boca y tragué toda la acabada que pude, aunque fuera imposible dejarla seca. Con toda la cara llena de sus jugos, me levanté y le estampé un chape fuerte. Ojo por ojo, ahora le tocaba a ella vivir un chape con su sabor. Interrumpimos el beso para revisar que todavía no hubiese movimientos, y volvimos a besarnos hasta bajar un poco la adrenalina. Pero la calentura se rehusaba a bajar. No sabía cómo lo íbamos a hacer, pero necesitábamos coger. No hizo falta pronunciar una sola palabra. Nos mirábamos, y sabíamos lo que el otro se moría por decir. Necesitábamos coger en ese mismo momento, en ese mismo lugar, si o si. Ahí, a 11km de altura en el medio del Océano Atlántico.
Miré el baño, pero con las azafatas cerca iba a terminar siendo más riesgoso. Le puse de nuevo las calzas, le hice un gesto de que se levante despacio de su asiento, y me senté ahora yo en su lugar. Lo recliné un poco, y me bajé el pantalón hasta asomar la pija, que estaba ya a punto de reventar. Saqué y me puse un preservativo de un paquete que tenía en la mochila. Y sin tener que siquiera darle señal, se bajó lo suficiente la calza y la tanga hasta dejar solo expuesta la concha, y se sentó arriba mío de frente, enterrándose mi pija. Ya la había explorado toda con mis dedos y mi lengua, pero igual me sorprendió lo apretada que se sentía en la pija. Tapados por las frazadas, muuuuy despacio y con cuidado, empezó a subir y bajar. Me exprimía la pija con su concha, con cada movimiento. Suprimíamos nuestros gemidos con un beso casi no soltamos durante el resto de la cogida. La calentura y la adrenalina era total. Y aún después de haber acabado tan brutalmente en la boca de Carla, estaba tan caliente que no me faltaba mucho para darle la poca leche que todavía me quedaba. No creía poder durar más de unos minutos con los sentones que me estaba pegando la italiana.
Pero no lo llegamos a averiguar. De golpe vemos que una azafata se asoma de la galería de adelante. Antes de que siquiera la azafata empezara a caminar por el pasillo, en un segundo la italiana se paró y se acomodó rápido como si fuera a ir al baño, y la azafata le pasa por al lado, continuando hacia la parte de atrás del avión aparentemente sin prestar atención a nosotros. Hoy pienso que igual de algo se dio cuenta, pero se hizo totalmente la boluda. Igual ya no queríamos seguir tentando demasiado a la suerte. Cuando la azafata terminó de pasar y cerrar la cortina de atrás nuestro, Carla volvió a cruzarse a mi asiento, se agachó de rodillas como estaba yo al principio, y quedando tapada por la frazada me hizo uno de los mejores petes de mi vida. El anterior encuentro entre su boca y mi pija había sido nada más que para contener mi leche de explotar sobre el asiento. Ahora si, era un pete de verdad, con todas las letras, aunque por supuesto con cuidado y en el más absoluto silencio.
Me envolvía y lustraba la cabeza de la pija con su lengua, jugando a intentar entrar por el agujerito en la punta. Sentir su lengua y toda esa baba en mi pija era sublime. Como parte del compromiso por mantener el silencio, ella en ningún momento pasó de uno o dos centímetros más allá de la cabeza, y yo tampoco insistí, aunque tuve que contener más de una vez el impulso de agarrarla de los pelos y hacerle tragar todo el tronco hasta la garganta (no nos podíamos arriesgar a que tenga una arcada!). Pero estaba ya tan, tan, tan caliente que solo me llevó unos 2 o 3 minutos más para acabar nuevamente. No esperaba que me salga tanto después de nuestro primer episodio, pero aún así me sorprendí a mi mismo dándole algunos lechazos bien fuertes contra su lengua. Esa boca me sacaba más leche de la que pensé que podía tener. De nuevo, se tragó hasta la última gota sin decir nada, mientras clavaba sus ojos contra los míos, llenos de calentura. La cara de petera que puso mientras me terminó de limpiar y lustrar la pija fue digna de un cuadro. Y, al igual que la primera vez, subió directamente a darme un fuerte chape, aunque esta vez menos violento.
Estábamos exhaustos. Habíamos acabado dos veces cada uno, y toda la adrenalina nos bajó de golpe. Nos quedamos un rato en los asientos hasta enfriar un poco la situación en cucharita (o lo más cerca de cucharita que la mini división del medio de nuestros asientos nos permitió). Fuimos por separado a los baños. Yo me lavé la pija con la poca agua que salía de ese diminuto lavatorio, y me volví al asiento. Ninguno de los dos nos cambiamos el pantalón (no podíamos hacer ruido bajando los carry-ons y buscando otra muda de ropa!), aunque ella luego me dijo que se sacó su tanga. Cuando ya estábamos los dos de regreso en los asientos hubo una mirada muy cómplice, pero sin palabras. Solo nos dimos un último beso, esta vez suave y tierno, bajando la temperatura. Y nos dormimos.
Cinco o seis horas después nos despertaron con la luz de la cabina para desayunar. Estábamos a poco más de una hora de aterrizar en Madrid. Cruzamos miradas y algunas palabras a tono de “no puedo creer lo que pasó”, pero nos contuvimos de hacer comentarios demasiado picantes. Con toda la cabina despierta, me dio un ataque de vergüenza, pero nadie a nuestro alrededor siquiera hizo un gesto o nos puso una mirada rara. Habíamos hecho un buen trabajo ocultando nuestra aventura. Y si alguien sí se había dado cuenta, hizo un muy buen trabajo disimulándolo.
Fuimos de los primeros que retornaron a los baños luego de desayunar para cambiarnos a nuestra ropa de desembarque. Ya habían pasado varias horas del encuentro furioso, por lo que tanto su calza como mi pantalón estaban totalmente secos y sin rastros visibles de lo que habíamos hecho, pero aún así queríamos cambiarnos lo antes posible, sobre todo al estar los dos sin ropa interior!
Dormimos bastante, pero igual estábamos un poco cansados, con jet-lag y con hambre. Así que en el lounge del aeropuerto comimos algo, hablamos, y hubo algún chape, pero no pasó nada más. No había dormido tanto como había pensado para dar la charla, pero estaba tan arriba y con esa sensación de "soy el rey del mundo", que igual di una de las mejores presentaciones de mi vida esa tarde, luego de pasar rápido por el hotel a tirar las valija y cambiarme a una camisa.
Si, obviamente antes de separarnos con Carla intercambiamos números, con la esperanza de cruzarnos de nuevo en algún lugar de Europa. Teníamos una atracción magnética que casi nunca había sentido antes con otra persona, y por la sonrisa y mirada que me puso al despedirnos, intuí que ella también sentía algo parecido. Lo que habíamos hecho era un locura absoluta, que la verdad yo nunca había pensado que podía llegar a hacer ni en mis sueños!
Yo tenía varios meses por delante de ese lado del Atlántico, y si bien no tenía planeada ninguna visita de trabajo a Italia y tampoco ella a donde yo iba a estar, si la calentura del chat nos volvía a superar, podríamos organizar para vernos en algún fin de semana.
Y, por supuesto, eso fue lo que pasó. Y no solo un fin de semana! Pero esas son otras historias, para otros posts. Solo voy a decir por ahora que, por suerte, su departamento en Milan tenía buena aislamiento de sonido.
Soy de Buenos Aires, Argentina. Tengo ahora 26. Estudié y me dedico a un área técnica, bastante parecida a la Ingeniería. Soy alto (1.85), de cuerpo normal, ni flaco ni gordo. Cuando estoy en Buenos Aires me gusta decir que aprovecho un par de veces a la semana el gimnasio de mi edificio, aunque la verdad es que tengo muy poca constancia para el ejercicio. Tengo ojos grises/verdes/celestes, depende el día, y pelo rubio oscuro. No soy el chico más atractivo con el que se van a encontrar, más bien en el promedio, pero lo compenso vistiéndome muy bien. Soy de esas personas que no va a la oficina dos días con la misma ropa en todo el mes, que siempre está comprando algo nuevo de temporada, y a la que siempre todos los amigos le están preguntando cómo vestirse.
Todos las historias que voy a ir publicando son reales, por más locas que parezcan por momentos. Siempre me gustó escribir, por lo que las fui registrando casi de inmediato luego de que pasaran. Aun así, recién ahora me hago el tiempo para empezar a revisarlas y publicarlas. Por supuesto, la mayoría de los diálogos son una recreación parafraseada, ya que ninguna memoria es perfecta. Pero todos los detalles, las sensaciones, los lugares, la intensidad, la temperatura, los sabores y aromas que pueda transmitir con palabras… todo eso sí, es genuino.
Esta es la primera de muchas. Espero que la disfruten!
Bienvenidos a mi loco mundo.
----------------------------------------------------------------------------------------
La historia que voy a contar pasó a mitad del 2024, justo cuando acá nos estábamos congelando, y en el hemisferio norte cocinando.
Todos los años viajo paso varios meses seguidos en Europa por mi trabajo. En ese momento tenía 25. Me había recibido un par de años atrás de una carrera de la rama de lo tecnológico, y tuve la increíble suerte de entrar a trabajar en un área que viene acompañada de muchos viajes. Ya de hecho tenía desde Enero mi agenda organizada para viajar entre Agosto y Octubre, después que aflojara el calor infernal que venía haciendo en los últimos veranos mediterráneos.
Como era de costumbre, mis amigos que todavía estaban rindiendo los últimos finales de la facultad recibieron con varios meses de anticipación mis fechas de viaje junto con amigables amenazas de muerte sobre recibirse mientras yo no esté jajajaja. Uno de los pocos a quienes les faltaba terminar la tesis era mi mejor amigo de la facu, Jonás, con quién cursé casi toda la carrera (sí, tengo también algunas historias de la época de la facu, algunas que lo incluyen a Jona y un par de chicas; ya las voy a ir contando, paciencia!). Y ya con los últimos preparativos, 2024 iba a ser su año.
Casi un mes antes de su último final y defensa de tesis me llegó una invitación a dar una charla muy importante de un tema que encima me encanta en un workshop de verano en Ámsterdam. La charla era en julio, y mi viaje a Europa estaba programado para Agosto, pero por suerte pude convencer a mis supervisores de prolongarlo un mes, así que acepté dar la presentación.
Igual había un problema: mi charla era una de las introductorias, por lo que debía ser el primer lunes del workshop. Y la recibida de Jona tenía fecha para el viernes anterior, tres días antes de la presentación. Encima la fiesta de recibida la habíamos organizado para el sábado (para dejarlo dormir después de semanas de mucho café). No iba a faltar justo a la recibida de mi mejor amigo, así que iba a tener que viajar el domingo para llegar el lunes durante la mañana (y controlar de no tomar mucho en la fiesta...).
Por más preparado que fuera a estar para la presentación, y lo bastante bien que me suelen salir sin tener que poner mucho esfuerzo (es una de las pocas cosas que admito libremente me suelen salir muy bien, junto con la pizza, las gambas al ajillo, y elegir un buen vino), el hecho de llegar a Ámsterdam solo unas horas antes me tenía un poco preocupado. Todos los que viajaron alguna vez a Europa saben bien el estado de destrucción con el que uno llega, después de 12hs en una lata a 11km sobre el Atlántico. No importa si te encantan los aviones (como por suerte es mi caso), la destrucción del jet-lag es total. Encima, al hacer el cambio de fecha, por la gran diferencia de precios (Julio era bastante más caro), solo me pudieron reservar el pasaje en turista (yo ya había pagado el upgrade para el primer pasaje). Cuando me llegó el mail de confirmación de cambio de la aerolínea me quería morir! En otro momento me la hubiera bancado, pero esta vez no tenía margen de error. Así que después de resignarme y saber que iba a tener que controlar bastante el gasto en boludeces para compenzar, metí los números de la tarjeta y me pagué de nuevo el upgrade a business para poder llegar en una pieza y funcional. Y fue lejos la mejor decisión que tomé en años.
La defensa de tesis de mi amigo salió perfecta, los festejos y cena de ese día también, y la fiesta del sábado todavía más. Tomé la precaución igual de irme relativamente temprano, y a la 1 me despedí de todos, y me fui a casa directo a una ducha rápida y a la cama. Ya tenía las valijas y hasta mi mochila y maletín listos, así que aproveché a tomar la mayor cantidad de horas de sueño posibles.
El vuelo de Iberia salía el domingo a las 13. A las 8:30 sonaron las alarmas, desayuné un café muy rápido, me cambié, y me preparé para salir en menos de media hora. Como de costumbre me pasaron a buscar mis papás con la camioneta, subimos las tres valijas grandes (tenía que llevar ropa de verano e invierno, así que iba muy cargado), y salimos para Ezeiza, rezando que no haya mucha congestión en el camino. Por suerte por ser domingo no había tanto tránsito, así que en poco más de una hora llegamos.
Cuando me acerco al mostrador del aeropuerto a despachar las valijas, veo que estaba terminando el check-in una chica que me llamó un montón la atención porque estaba vestida súper elegante con una capelina naranja, anticipando el verano europeo. Hermosa, alta, con pelo castaño y algunos reflejos, y claramente un muy buen gusto por la ropa. Yo mido 1.85, tengo los ojos claros, el pelo rubio oscuro, soy relativamente normal de cuerpo, y puedo decir orgullosamente que también me visto bien. Pero no había comparación. La chica era verdaderamente hermosa, varios niveles por encima de lo que podía llegar a aspirar normalmente. Aun así, podía apreciarla como uno mira una chica linda en un cuadro. No fui muy sutil igual, porque hasta mi mamá se rio de notarme medio tildado por unos segundos mirándola, hasta reaccionar que había llegado mi turno de arrimarme al mostrador.
Termino el trámite, me despido de mis viejos a los pies de las escaleras tan dramáticas que ahora tiene Ezeiza, y me resigno a la procesión usual de seguridad y migraciones. Por suerte había podido guardar el sweater y tapado en el carry-on (que llevaba casi vacío justamente para esto), así que quedé cómodo solo con la camisa celeste y mi pantalón blanco.
Normalmente me hubiera pasado un rato por el free shop a probar perfumes, pero tenía un poco de hambre. Así que me fui directo al lounge, esperando poder comer algo liviano para matar el rato hasta embarcar. Había bastante gente, porque era compartido por los pasajeros de varios vuelos, pero encontré un sillón cómodo en donde dejar mis cosas y relajarme. Intenté hacer el ritual usual de los que viajamos por trabajo: saqué la computadora y pretendí responder un par de mails (digo “pretendí”, porque la verdad tenía cero ganas de ponerme con el trabajo un domingo horas después de la fiesta de recibida). Aburrido, miré alguna de las stories de mis amigos de la noche anterior, y sin nada más que hacer que esperar a que repongan la mesada de snacks, saqué un libro de mi mochila y me puse a leer. Por suerte no demoraron mucho en pasar con bandejas de más comida, así que dejé todo sobre el sillón, y fui a buscar algo para comer.
Cuando vuelvo, con un poco de fiambre, unas medialunas y un par de frutas (recuerden que casi no había desayunado, y picaba mucho el hambre ya del almuerzo jajaja), me encuentro a la chica misteriosa y bien vestida del check-in sentada sola justo en el sillón enfrente del mío. Ahora ya no tenía su sombrero puesto, por lo que la pude mirar mejor, intentando igual disimular un poco para no quedar como un creep. Y sí, tal como había sido mi primera impresión un poco más de lejos, era hermosa. En un momento se levanta, y vuelve al rato también con un plato de salados. Intercambiamos una mirada y un gesto de simpatía con la cabeza, pero nada más que eso.
Al haber arrancado antes terminé de comer primero. Tenía una fruta de más, y vi que ella no se había agarrado nada dulce o de postre, así que tímidamente en inglés (no sabía de dónde era, pero supuse que extranjera) le ofrecí si quería.
- Disculpá, no desayuné bien pero igual sobreestimé mi hambre, y me quedó una manzana de más. Si la querés te ahorro un viaje a la barra. Aunque la distancia sea poca comparada con la del avión en un rato jajaja.
En el mismo segundo me arrepentí de lo último que había dicho. Que chiste estúpido! Bah, ni siquiera era un chiste. Pero por suerte (quizás de lástima, la verdad jaja), ella igual se rió.
- Perdón, si, intento de chiste malo. “Dad joke” quizás? No se si califica para eso - dije, intentando no quedar tan como un idiota (aunque tal vez la estaba embarrando todavía más).
Se volvió a reír, ahora un poco más genuinamente, mientras me responde entre risas.
- Escuché peores, incluso en este viaje. Y si, te acepto la manzana- respondió sonriendo.
Habiendo tomado la fruta de mi mano, volvió el silencio mientras ella comía. Ofrecí llevar los platos ahora vacíos a la barra, a lo que aceptó y me agradeció.
Cuando vuelvo, ella estaba concentrada en su teléfono, y yo pensando que esa había sido toda nuestra interacción del día y de la vida, retomé mi libro y me puse a leer. Hasta que escucho de nuevo una voz que me interrumpe.
- Comenzaste por “The Final Empire”, no?
Yo estaba leyendo “The Well of Ascension”, de Sanderson. El libro que ella había mencionado era el primero de la misma saga.
No los voy a arrastrar por todo el diálogo, porque por supuesto no lo recuerdo con exactitud, ni es a lo que venimos acá. Hubo un rato de charla de Sanderson, otro de libros de fantasía en general, un rato de los Franui y la comida china (si, muy conectado el hilo narrativo jajaja), y por supuesto de nuestros viajes. Ella se había venido de vacaciones a Chile y Argentina. Se llamaba Carla. Era italiana, de Milán, arquitecta, y tenía 29 años. Palabra va, palabra viene, nos quedamos ahí hasta que embarcamos muriéndonos de risa con historias de los bloopers de otros viajes que salieron mal. Me pareció que pegamos un poco de onda, pero después de nuestras escalas en Madrid ella iba para otro lado así que yo pensé que quedaba ahí nomás la charla. Además de que ni siquiera nos sentábamos juntos en el avión (si, por supuesto que le había preguntado, tan dormido no soy gente jaja).
Pero increíblemente se me alinearon las estrellas. Ambos viajábamos en business (por eso coincidimos en el check-in y en el lounge), y justo en ese avión de Iberia, la cabina ejecutiva era chica (solo cinco filas, éramos menos de 20 personas). Embarcamos juntos, últimos del grupo, y cuando nos dirigimos cada uno a su asiento, ví que el de al lado de ella, un par de filas atrás, había quedado vacío. Estaba la chance de que aparezca un pasajero tardío, pero pasó el rato, cerraron las puertas, el avión se comenzó a mover, y el asiento al lado de Carla seguía vacío!
Así que después de despegar saqué coraje líquido de la copa de champagne, y me decidí a tirarme el lance, total era alguien que no iba a ver más en la vida, y si quedaba como pesado por cambiarme y seguirla, lo peor que podría pasar fuera que no habláramos mucho y se sintiese un poco incómodo el silencio. Se apagó la señal de abrocharse los cinturones, esperé unos minutos para no parecer desesperado, y me levanté. La fui a ver y le pregunté si quería seguir practicando inglés, y me respondió que sí, riéndose. Le pregunté a la azafata, fui a buscar mis cosas, y me cambié de asiento.
Ahí retomamos la charla del lounge. Seguimos hablando de la vida de cada uno, y al rato ya había de nuevo muchas risas. Yo no presionaba en nada la charla, pero espontáneamente iban apareciendo algunos comentarios un poco picantes sobre citas… Yo le digo que por estar con mucho trabajo hacía bastante que no estaba saliendo, ella me dice que hasta antes de las vacaciones lo mismo.
- Pero me divertí con los argentinos en este viaje. Son… interesantes. Y muy “chamulleros”,
dijo riendo y mirándome con una mueca de picardía, con un acento muy italiano en la palabra “chamulleros”, que dijo textual en español, y se ve que había aprendido en las últimas semanas en Argentina.
- Me gustan - siguió, mirándome de golpe a los ojos,- aunque estaba ya comenzando a extrañar a los italianos un poco también. Voy a tener que empezar a hacer planes de nuevo cuando llegue.
Yo riéndome saqué de la mochila los dos pasaportes, uno azul con el mapa de Argentina y uno rojo con el escudo de la República Italiana, y se los tiro encima de la mesa como si estuviera repartiendo un par de cartas. Ella me empieza cargar con que no valía porque yo no hablaba italiano, mientras ahora ya me agarraba el brazo y me ponía otra sonrisa.
Almorzamos/cenamos (vieron como es el limbo de horarios arriba de un avión), con un par de copas más de vino y después charla con un gin, en la que ya estábamos muy desinhibidos y medio en pedo los dos (ya veníamos de un champagne en el lounge y al subir al avión). Cruzábamos comentarios con doble sentido cada minuto, con miradas y gestos sugestivos de parte de los dos.
Ya habían pasado 4hs de haber comenzado el vuelo, y vemos cómo los pasajeros poco a poco cierran todas las ventanas, y las azafatas bajan las luces de la cabina. Muchos ya estaban durmiendo, y los pocos que todavía faltaban acostaron su asiento, visitaron el baño, y se recostaron a dormir, acompañados por el sonido monótono de los motores del avión. Al poco Carla me dice que también tenía un poco de sueño, y va también ella al baño con un bolso chiquito bajo el brazo. Cuando vuelve, veo que se había cambiado a un pijama con unas calzas negras ajustadas que le resaltaban terriblemente el culo, y una remera suelta, pero que igual hacía presión contra sus tetas. El culo no era muy grande, pero las calzas se lo dejaban totalmente parado. Cuando mi voz interior me obligó a levantar la vista y dejar de mirarle el culo, le veo los pezones marcados en la remera. Me quedé con la boca abierta como un pez cuando la vi. Y en mis pantalones totalmente enfierrado en cuestión de segundos. No había otra reacción válida. Lo que estaba adelante mío era un montón.
Carla sonrió con picardía y se rió en silencio. Dio una vueltita (durante la que mis ojos se volvieron a clavar en su culo), se sentó, y con un tono totalmente desafiante me preguntó
- ¿Me queda bien?
Yo seguía embobado, tratando de disimilar mi sonrisa. Como si fueran los dibujos animados, me agitó la mano delante de mis ojos, y rompimos los dos el momento con una silenciosa risa.
- ¿Mi falta de palabras no te dice algo?
- Me gusta escucharlo.
- Increible… estás hermosa. Hermosa y quemando.
- Te vas a cambiar para dormir?
- Si -respondí rompiendo con mi cuelgue, que no se terminaba de destrabar por seguir pensando en su cuerpo. - Vuelvo en un segundo.
Esa chica, que había conocido solo hace unas horas en Ezeiza, me acababa de dejar sin palabras. Y se notaba que la muy desgraciada lo estaba disfrutando! Antes de quedarme tildado de nuevo mirándole las tetas marcadas en la remera, me levanté, tomé la ropa que había dejado preparada en mi carry-on, y me fui a cambiar al baño. Me había dejado separado un short bien suelto, y remera cómoda de dormir.
Mientras me lavaba los dientes y la cara, no podía parar de pensar en lo que acababa de pasar. Ya me estaba doliendo de tener el bulto tan duro y apretado en el pantalón (no se ilusionen, no es ningún termo especial, sino más bien en el promedio, pero después de tanta charla calentándonos y de lo que acababa de ver estaba desesperado por salir a un lugar un poco más cómodo). No sabía en qué iba a terminar la noche, pero esperando que suba todavía más la temperatura, decidí arriesgarme y ponerme el pantalón sin boxer. Me podría tapar la carpa con la frazada, pero una parte de mi ya se estaba adelantando y estaba segura de que no iba a hacer falta. Igual iba a tener que pasar al lado de las azafatas para ir al asiento, así que me tomé un par de minutos respirando y poniendo la mente en cualquier otro lado para poder bajar la pija aunque sea un poco antes de salir del baño.
Ella se había quedado buscando en la pantalla qué ver, pero cuando me estoy sentando me recibe quejándose de que no había nada bueno nuevo. Le doy un par de chocolates que había tomado del estante de snacks en la galería, y nos pusimos a conversar otra vez. Y no me acuerdo el detalle de cómo fue, pero terminamos en Tinder y Bumble, planes de salidas con chongos, y citas. Y ahí ya se fue todo directo en un viaje sin escalas a la mierda. Nos mirábamos con una calentura como si nos estuviéramos por comer enteros. Nos tocábamos lo más que podíamos. Y aún con la voz bien baja con la que estábamos hablando, se le notaba que estaba poniendo tono de zorra. Éramos como dos represas de calentura a punto de reventar e inundar todo.
El aire rebalsaba de tensión, mientras ella me demostraba usando el cable de los auriculares del avión cómo prefería que le aten las manos, y las mejores posiciones para coger estando atada. Y yo redoblaba la apuesta agarrándola del cuello por momentos, y confesándole que me gustaba que se sienten en mi cara. Estábamos sacados los dos, y todos a nuestro alrededor ya dormidos, sin saber lo que estaba pasando. Por supuesto salió (o, mejor dicho, dirigimos la conversación hacia) el tema de los “lugares riesgosos”. Me dijo que se morboseaba con la idea de coger en el auto polarizado estacionado en el medio de una ciudad, aunque todavía no lo había hecho. Y yo, totalmente jugado y con más calentura que sentido común a ese punto, me acerqué, la miré fijo, y le contesto que nunca había tenido sexo en un avión. Nos quedamos mirando fijo unos segundos, trabados los dos en la mirada magnética del otro. Y cuando ya ninguno de los dos se pudo contener más, nos empezamos a chapar con toda la furia.
Y acá voy a hacer una pausa para dar un poco de contexto, sumamente importante, para que no se piensen que fuimos totalmente inconscientes, pervertidos y degenerados (bueno, un poco igual sí jajaja). La cabina de business del avión en el que viajábamos (A330-200 de Iberia) es muy chica (cinco filas nomás), y fila de por medio los dos asientos del centro están casi unidos, separados solo por los apoyabrazos (que se pueden bajar), y con dos paredes de media altura a los costados del pasillo, creando una especie de “cubículo” con dos pequeñas aberturas para entrar y salir (vean la foto). Los dos asientos del centro encima están desfasados del asiento de la ventanilla en cada fila, dando todavía más privacidad. Y todavía más importante que todo eso, nosotros estábamos en la última fila (los dos asientos marcados en el plano). El baño en la galería atrás nuestro eran para la cabina de turista, así que las cortinas de separación estaban cerradas y no había pasado nadie en más de una hora. A la izquierda nuestra no había nadie (el asiento de la estrella). Y a la derecha nuestro, en particular al lado mío, había un señor mayor totalmente dormido que luego de la cena me había pedido ayuda para bajar su carry-on, buscando la pastilla para dormir porque no le gustaba volar. Solo veía dos pantallas prendidas con películas en las primeras filas; todo el resto de la cabina Business dormía profundamente.

Por más “privacidad” que pareciera que teníamos, había en nosotros igual una adrenalina total. Bajamos los apoyabrazos para que no nos molesten, y nos pusimos de costado hasta quedar más o menos de frente. Nos empezamos mandar manos, todo igual en total y absoluto silencio. El ruido de los motores del avión tapaba nuestra respiración agitada y el sonido de los besos. Mis manos bajaron hasta la base de su remera corta, y se fueron desde ahí directo a sus hermosas tetas. Le besé apasionadamente el cuello, y ella me respondió mordiéndome la oreja. Mientras seguía explorando con mis palmas y dedos sus tetas, ella se inclinó mas hacia mi. Sentí como su mano fue bajando de mi cuello hasta mi cintura. Pero no paró ahí. Siguió bajando, esta vez por el frente, hasta empezar a manosearme el bulto, que ya estaba duro como piedra. Sus dedos me pajeaban despacio por fuera del pantalón.
Rompí el beso, estiré mi cuello para miré alrededor, y agradecí al cielo que seguían todos dormidos. Necesitaba probar esas tetas. Necesitaba verlas con mis propios ojos, y no solo por medio de mi mano debajo de su ropa.
- ¿Puedo? - Le pregunté mientras mis manos tomaban el borde de su remera, comenzando a hacer fuerza hacia arriba.
- Estás loco. - respondió seria, haciéndome helar la sangre por un instante. - Pero sí - terminó de decir, con una sonrisa pícara luego de mirar también alrededor y ver la oscuridad.
Con cuidado estiré su remera hasta que apenas se asomó una de sus tetas, y dediqué los siguientes minutos a chuparla con desesperación. Me metí toda su aureola chiquita en la boca, y mientras succionaba rítmicamente le acaricié con la lengua el pezón. Ella me siguió pajeando sobre el pantalón, cada vez con más presión, y usó la otra mano para acariciarme el pelo. Sabía que había alcanzado los movimientos y el ritmo correcto sobre su teta porque la sentí tirarme del pelo y agarrarme con más fuerza la pija. Le gustaba mucho cuándo mis chupones se ponían más violentos. Quise apretarle suavemente el pezón con los dientes, pero los nervios de la situación me hicieron apretar más fuerte de lo que quería, y la escuché emitir un pequeño chillido. Yo me alarmé y me intenté alejar y bajarle su remera, con miedo a que alguien hubiera escuchado el ruido y nos mire. Pero ella uso su mano para sostenerme la cabeza y obligarme a seguir ocupándome de sus tetas.
Guiado por la calentura, y en paralelo rezando de que nadie nos vea, seguí el mismo ritual sobre su otra teta, que parecía todavía más sensible. Sin pensarlo conscientemente, mi mano libre se fue hacia su abdomen, invadiendo los bordes de la calza con mis dedos. La sentí ahogar un suave gemido, así que seguí avanzando sobre su entrepierna casi totalmente depilada, hasta sentir la humedad y calor de su concha. Estaba empapada e hirviendo. Le acaricié el clítoris, que en sintonía con sus pezones y mi pija estaba también duro como una piedra. Con mis dedos mojados de lo empapada que estaba, copié lo que a mi ex la volvía loca, y la pajeé apretándole desde afuera los costados de la concha, haciendo fuerza sobre la piel a cada lado del clítoris.
Sincronizaba mis chupones a su pezón con los roces sobre su clítoris. La sentía temblar, y en un instante de alejarme de sus tetas vi como se estaba mordiendo el labio, con la vista clavada en el infinito, como queriendo mirar más allá de las paredes del avión en el que estábamos encerrados. Hasta ahora nunca le había metido un dedo, no había hecho falta todavía.
Cruzamos miradas por una fracción de segundo, como si de golpe entre tanta calentura se le hubiera asomado la vergüenza, y me intentó empujar la cara de nuevo hacia sus tetas, como intentando taparse con mi cabeza. Me acerqué por voluntad propia (como si me faltaran ganas de seguir comiéndola!), le lamí bien suave toda la teta, y después de unos segundos de delicadeza me fui directo de nuevo a su pezón, y le pegué un chupón fuerte, como si fuera un chico se secundaria buscando marcar territorio sobre el cuello de la novia. Tomó aire y sacudió su cuerpo, pero sin emitir más que un suspiro. Aunque su mano sobre mi pija casi atraviesa el pantalón de la fuerza con la que me la apretó.
Con mi otra mano le acaricié la teta que le acababa de castigar. Sentí sus temblores de nuevo, y en mis dedos cada vez sentía más humedad saliendo de su concha. No podía desaprovechar la oportunidad de toda esa calentura y lubricación (tampoco es que ella me lo fuera a permitir!). Anticipando un gemido o quejido, me alejé bruscamente de sus tetas, y me fui directo a los labios (de arriba, por ahora jaja). Y en el momento en que cruzamos nuestras lenguas, moví mi mano que todavía seguía pajeandola, y le metí dos de mis dedos hasta que los otros nudillos no me dejaron avanzar más. La sentí inspirar, pero le contuve todo gemido apretando más mi boca a la suya.
Estaba exageradamente apretada. Pero con tanta lubricación me podía mover bien ahí adentro sin lastimarla. Estuve acariciándole el interior, metiendo y sacando mis dedos, mientras nos seguíamos besando y con mi pulgar seguía haciéndole círculos sobre su clítoris. No duró mucho. Se le aceleró la respiración, al punto que rompimos el beso, aunque ella siguió con los labios sellados, sabiendo que con el más mínimo sonido nuestra diversión se iba a dar por terminada demasiado rápido. Me quedé embelesado mirándola acabar. Viendo como nuestra situación hacía que, aun por momentos con la boca abierta, tuviera que apretar los dientes y los ojos conteniendo los gemidos. Mis dedos no pararon de moverse ni cambiaron el ritmo hasta que sentí que las contracciones en su concha se hicieron más suaves, hasta finalmente parar. Se ve que había quedado muy sensible, porque al retirar mis dedos volví a sentir de nuevo la fuerza de una prensa con cada movimiento hacia afuera.
Mis dedos, mi mano, la tanga y la calza que los apretaban contra su concha quedaron todos enchastrados de su acabada. Si hubiera tenido más luz, le hubiera visto seguro el manchón sobre las calzas negras. Por suerte no era squirtera, o no nos hubieran dejado volar nunca más por Iberia del desastre que hubiéramos dejado!
Muy despacio volví a meter mis dedos de a dos, y los saqué tratando de llevarme la mayor cantidad de acabada posible. Retiré mi mano, cuidando que no se toquen con la tela para que no se salga nada. Nos miramos a los ojos, y clavándole la vista me fui lamiendo uno por uno los dedos que estaban totalmente cubiertos de su acabada. Siempre me dio muchísimo morbo hacer eso, y no iba a perder la oportunidad acá! Vi con la poca luz de la cabina como colgaban los hilitos pegajosos de su flujo entre mis dedos dedos. Y uno a uno me los fui limpiando. Cuando me quedaba solo el meñique por limpiar, se lo llevé a su boca y le hice probar el sabor de su propia acabada.
La calentura nos bajó junto con un golpe de claridad a los dos casi al mismo tiempo, y empezamos a mirar todo a nuestro alrededor para chequear que nadie se hubiera dado cuenta de lo que había pasado. Claramente los últimos minutos no habíamos desperdiciado un solo segundo en montar guardia. Por suerte toda la cabina seguía en silencio, con el ruido de los motores, los otros pasajeros cerca durmiendo, e incluso una pantalla menos prendida en las primeras filas (o en una escena de película muy oscura, porque no se veía nada de luz).
Con el alivio de la impunidad que todavía seguía, nos volvimos a chapar. Y, otra vez, su mano se fue a mi pija, ahora ya por abajo del pantalón. Yo no había dejado de estar enfierrado en todo este rato. Y obviamente estaba también chorreando precum desde hace rato. Carla intentó distribuirlo con sus dedos, pero no alcanzaba para pajearme bien.
- Si yo ahora tengo que aguantar estar con los pantalones mojados, no voy a ser la única.
Después de esa rápida declaración, susurrando a mi oreja, juntó saliva y escupió en su mano, que volvió a mis pantalones.
La paja fue increíble. Ni muy fuerte, ni muy suave. Y con las manos todas mojadas de su baba, que renovaba cada minuto. Me descubrió bien toda piel de la cabeza de la pija, y en una de las veces que su mano salió a juntar más saliva, me torturó (porque otra palabra no hay) con las puntas de sus dedos bien mojadas y sus uñas hasta hacerme temblar y gemir en silencio también a mi. Ahora estaba experimentando por mi propia cuenta lo difícil que era contenerse de emitir sonidos.
Al igual que ella cuando le empecé a meter los dedos, era tanta pero tanta la calentura acumulada que no iba a durar mucho más que unos pocos minutos. Pero tampoco quería que termine! Hice un esfuerzo sobrehumano por aguantar lo más que pude. Entre cada escupida a su mano seguíamos chapando. Nos mandábamos lengua hasta la garganta, y solo interrumpíamos para que pueda volver a escupir para seguir pajeándome. Mientras pasaba esta escena, mis manos ya estaban de nuevo ocupadas, una en su cuello mientras chapábamos, y la otra alternando entre sus tetas, su culo, y su concha. Sincronizamos los movimientos de nuestras manos, y cada vez que ella cubría el largo de mi pija, yo le metía dos y luego tres dedos en su concha. Intentábamos no romper el beso no solo de la calentura que teníamos en nuestras lenguas, sino para taparnos mutuamente los gemidos.
Vimos de golpe una sombra moverse en el frente de la cabina del avión. Uno de los pasajeros se había levantado, y había comenzado a caminar hacia nosotros! “Listo, cagamos” pensé. En menos de una fracción de segundo sacamos las manos de nuestros pantalones. Yo agarré mi teléfono del bolsillo, y le puse la cabeza en el hombro de ella mientras ambos mirábamos la pantalla de mi teléfono. Nuestra reacción rápida y discreta nos salvó, cualquiera que nos mire iba a pensar que solo nos estábamos mostrando algo en el teléfono y riendo en voz baja. La persona siguió caminando y dio la vuelta al lado nuestro (estábamos al final del pasillo), y ni siquiera not miró. Era un pasajero que simplemente quería estirar las piernas. Dio un par de vueltas más, fue al baño, y se volvió a acostar en su asiento a dormir. Esperamos cautelosamente unos minutos, en los que nuestra calentura no se bajó en nada, y resumimos nuestra actividad secreta. Ya mientras el hombre había ido al baño, la mano de Carla estaba de nuevo apretando mi pija, y la mía bajaba por su espalda y le apretaba el culo, aunque con más discreción en los movimientos y sin besarnos. Cuando lo vimos acostarse, retomamos el chape y la paja con toda la calentura de antes, y quizás un poco más.
Hasta que fue demasiado. Rompí el beso, y le susurré al oido que iba a acabar. Estaba tan caliente que si iba a acabar en mis pantalones iba a dejar un desastre total. La separé con un movimiento brusco e intenté agarrar unos pañuelos de mi mochila, pero la mano de Carla no me soltaba la pija ni paraba de moverse dentro de mi pantalón. No sabía cómo iba a aguantar esos pocos segundos que necesitaba para alcanzar mi mochila. Mi otra mano salió de debajo de su tanga para intentar ayudarme, pero mi cuerpo entero estaba al borde del colapso y no pude hacer nada.
- Por favor… pará. Pañuelos, en mi mochila. Por… favor… - le supliqué.
Pero no paró. Es más, me agarró con la mano libre el brazo con el que intentaba agarrar la mochila, y me lo alejó. La miré a los ojos por un instante, con cara de desesperación, y vi una mirada casi sádica en ella. Me tenía a su merced. Podía hacer en esos segundos lo que quería conmigo, y yo no podía hacer nada. En un momento inspiré fuerte, como atinando a acabar, y Carla paró el movimiento de su mano, y me apretó fuerte la pija, y con su otra mano desde afuera del pantalón mis bolas. Fue lo suficiente como para milagrosamente frenar el orgasmo, aunque cualquier mínimo movimiento lo iba a disparar. Y Carla lo sabía. Aflojó por un momento la presión, y movió unos centímetros la mano sobre mi pija. Otra vez, respiré y temblé con fuerza anticipando el orgasmo, pero de nuevo apretó fuerte mi pija, y ahora con la otra mano me clavó sus uñas en las piernas, haciéndome distraer lo suficiente como para evitar el choque del orgasmo por segunda vez en menos de un minuto.
Otro amague más no iba a aguantar. La miré de nuevo con desesperación, pero no me salían palabras. Estaba demasiado concentrado en no acabar. Tampoco sabía para qué, porque tarde o temprano iba a pasar, e iba a arruinar completamente mis pantalones (y ni siquera estaba pensando en lo que iba a ser ir al baño tapándome la mancha gigante de leche a cambiarme por segunda vez). Rompió la mirada fija que tenía en mí, estiró su cuello, y chequeó a nuestros alrededores que nadie estuviera mirando (ya era muy tarde para preocuparse por eso igual…) o despierto. Sonrió satisfecha, soltó el amarre que tenía con las uñas de una de sus manos sobre mis piernas, y mirándome nuevamente sacó su otra mano de adentro de mis pantalones liberando por un instante mi pija, se la llevó debajo de su tanga, y la levantó totalmente empapada en sus flujos mezclados de su anterior acabada, y de la nueva paja que hasta unos segundo atrás yo le estaba haciendo.
Me pasó los dedos por mi nariz dejándome olerla, en una situación digna de la mejor película porno erótica de la humanidad, rozó mis labios (yo por supuesto que no perdí la oportunidad de estirar mi lengua para poder probar aunque sea un poco de nuevo), e inmovilizando uno de mis brazos con su otra mano libre, metió su mano ahora empapada en sus flujos en mi pantalón y la usó para terminar de torturarme con una paja lenta pero fuerte, rozándome con los dedos la cabeza y mezclando su acabada con mi precum que no paraba de salir (si chicos, totalmente inseguro esto, pero en ese momento en lo que menos podía pensar era en una its; y por suerte salió bien porque los dos estábamos limpios!). Si bien habían pasado unos momentos (que parecieron una eternidad) desde que había soltado mi pija antes, yo nunca dejé de estar al límite. Y el orgasmo no tardó en llegar de nuevo. Sentir su mano caliente pajearme mojada de toda su acabada, como si estuviera adentro de su concha, fue más de lo que cualquier ser humano podría soportar.
Carla mantenía su cara fija a unos pocos centímetros de la mía, sin romper la mirada de control y lujuria. Sentía su respiración también acelerada, como si estuviera gimiendo en silencio, disfrutando del poder que en ese momento tenía sobre mi. Otra vez sentí que se venía el orgasmo, y solo pude susurrarle
- Acaboooooooo…
Parece que mis ojos de desesperación y entrega despertaron la suficiente piedad en Carla para cambiar de estrategia. En un instante, con un movimiento rápido de su otra mano, tiró de la cintura de mi pantalón y me lo bajó lo justo para sacar mi pija, y se agachó hasta cubrir la cabeza con su boca. Apretó fuerte sus labios, y con un último movimiento de su otra mano todavía cubierta de sus flujos me hizo acabar.
Nunca, pero nunca, tuve un orgasmo como ese. No paraba de acabar y de temblar, mientras me mordía un dedo para evitar gemir o emitir cualquier sonido. Sentía salir los gruesos chorros de leche, casi quemándome de la fuerza con la que salían. No terminaba más. La sentí a Carla tragar leche más de una vez. Era difícil saber si no se había chorreado algo de leche fuera de su boca, porque toda mi pija era ya un enchastre de flujo y saliva de la paja, pero la fuerza con la que apretaba sus labios y succionaba mis acabadas era tan fuerte que no creo. Cuando finalmente terminaron de salir chorros, me dió un par de pajeadas más, buscando exprimir hasta la última gota. Y no se sacó la cabeza de la pija de la boca hasta que estuvo segura.
Con una mirada de satisfacción y morbo absolutos, soltó mi pija, puso su cara en frente a la mía, tragó una última vez, y me estampó sus labios en un chape que duró mínimo 5 minutos. Sentí un sabor raro de los restos de mi leche que todavía quedaban en su boca, pero eso no me frenó de enterrarle la lengua hasta la garganta. Cuando finalmente nos separamos, nos salieron simultáneamente risas nerviosas a los dos, que rápidamente callamos. Finalmente la muy zorra me acercó la mochila, y me dejó buscar un pañuelo para terminar de limpiarme los restos que habían quedado en mi pija (que ya estaba de nuevo dentro del pantalón).
Creen que con esto nos calmamos? Jaja, no… ahora yo había acabado, pero toda la situación la tenía al borde de nuevo a ella. Hacía casi una hora desde que habíamos empezado. Revisamos a nuestro alrededor, y por sobre el ruido de los motores podíamos escuchar el ronquido del viejo que estaba en el asiento más cercano nuestro. Seguía todo “seguro”. Nos empezamos a besar de nuevo, incrementando la intensidad rápido. Mi mano se fue de nuevo a su concha, que estaba todavía más mojada que antes (al punto que la tanga y calza se sentían empapadas en toda la entrepierna).
Me chupé los dedos saboreando lo más que pude. Pero necesitaba más (si, como se habrán dado cuenta, me gusta mucho chupar concha. Hasta ahora no encontré ninguna chica que se queje!). Necesitaba YA arrancarle la calza, enterrarle la lengua, hacerla acabar de nuevo y tragarme todo directo desde la fuente. Si estuviésemos en un hotel, la hubiera levantado en mis brazos y tirado sobre la cama, solo para zambullirme inmediatamente entre esas piernas. Pero estábamos en un avión. Me cercioré de que nadie a nuestro alrededor estuviese despierto. El hombre mayor al otro lado del pasillo seguía totalmente dormido. En los asientos de las dos filas de adelante había total oscuridad. Aún así, la adrenalina nos mantenía al límite, y combinada con la calentura me ayudó a diagramar el siguiente paso.
Le ordené que ponga completamente vertical su asiento (como si fuéramos a despegar), que era el más alejado de cualquier otro asiento ocupado, para intentar minimizar los riesgos. Entre sus piernas y el respaldar del asiento de adelante había casi medio metro, que me permitió arrodillarme en el piso mirándola a ella. Se me ocurrió usar nuestras frazadas para cubrirme a mi y a sus piernas: si alguien llegaba a mirar rápido, parecía como si ella estuviese con el asiento y las piernas estiradas y tapadas. Solo había quedado expuesta mi cabeza, que ella debería tapar si llegaba a ver movimientos alrededor. Juntando el coraje de sentirme protegido con la calentura, congelando nuestras miradas, le bajé la calza primero hasta los tobillos, aunque para estar más cómoda se la terminó sacando totalmente de una de las piernas. Usé la poca luz que había en la cabina oscura del avión para grabar en mi mente esa imagen: sobre esas piernas bronceadas y duras, una tanga negra y gris con un borde de encaje, totalmente ya arruinada de la acabada y pajas que le venía haciendo hace ya casi una hora. Su piel estaba hirviendo, aunque con mis dedos sentí el frío de la enorme cantidad de flujo que ya había traspasado la tela. Se sentía su olor a mujer que tanto me había vuelto loco cuando lo probé en mis dedos y en los dedos de ella, y un dejo de olor a transpiración de estar tan agitada desde que había comenzado nuestra locura un rato antes. Me volvió loco, pero contuve mi entusiasmo. Quería hacerlo durar lo más que nos lo permita el silencio y oscuridad del vuelo.
Usé mi lengua y mis dedos para acariciar el interior de sus piernas. Pasé algunas veces mi lengua por sobre la tela mojada de su tanga, hasta que ella me tomó del pelo y me susurró con firmeza
- Dejá de jugar.
Quise complacerla. Bajé de un tirón su tanga, y luego de tentarla y fastidiarla una vez más rozándole mis dedos sobre su entrepierna, antes que me vuelva a tirar del pelo en represalia, enterré mi cara en su concha. Aspiré lo más que pude de su aroma, aunque el aire seco de la cabina del avión atenuaba un montón todos los olores. En el fondo, aunque me estuviese limitando de poder sentirla completamente, agradecí que gracias a eso nadie más fuera a sentir el olor a sexo. Le mordí y tiré de los labios de la concha, y comencé a acariciar la abertura mientras pasaba mi lengua muy suavemente por su clítoris, que estaba super hinchado. Estaba tan mojada, que los dos dedos que exploraban el exterior entraron de nuevo hasta el fondo sin ninguna fuerza. La sentí temblar, aunque por suerte pudo contener el gemido. Giré mis dedos hacia arriba, y comencé a acariciar las paredes, mientras con mi boca le succionaba el clítoris, y con mi lengua le pegaba suaves golpes. Carla se llevó mi otra mano hasta su boca, y me empezó a chupar y morder mis dedos, con más fuerza cuando aumentaba la fuerza de mis ataques sobre su clítoris. Con su otra mano me apretaba la cabeza, y no me dejaba alejar ni un milímetro de entre sus piernas.
Revisé un par de veces, y por suerte siempre la vi con mirada atenta hacia nuestros alrededores. Y con gestos de sufrimiento y placer. Era hora de mi venganza. Le faltaba poco para su segundo orgasmo de la noche, sentía su respiración cada vez más agitada a través del movimiento rítmico de todo su cuerpo, aunque los motores continuaban tapando completamente el sonido. Decidí aumentar las apuestas, y succioné fuertemente sobre su clítoris, mientras metía un tercer dedo en su concha. La sorpresa de todo eso combinado terminó siendo demasiado, y escuché un finito pero largo gemido, por suerte apenas audible, y más fuerza sobre mi cabeza. Repetí la secuencia varias veces, sintiéndola cada vez más empapada. Ahora que ya sabía de qué se trataba, controlaba mejor sus gemidos y ya no se oían en absoluto, aunque todavía los sentía en la vibración de mis dedos que mantenía en su boca. Dedos que, por cierto, casi me arrancó de la fuerza con la que me los estaba mordiendo.
Por más tapado que estuviese por la frazada, estar de rodillas no era para nada discreto (hasta ahora siempre habíamos estado sentados en los asientos, y más allá del minuto cuando acabé y cuando le había chupado las tetas, no habíamos estado expuestos). Así que, si bien me moría de ganas de hacerla volver loca y llevarla al borde del orgasmo para denegárselo varias veces como me había hecho ella a mi, no me quería arriesgar más de lo necesario. Sentí como su concha se comenzó a contraer y a mojar todavía más, junto con otro gemido agudo por suerte reprimido casi en su totalidad. Mantuve la presión sobre su clítoris durante todo el orgasmo, y cuando por fin sentí que se relajaba su concha, retiré lentamente mis dedos. Bajé con mi boca y tragué toda la acabada que pude, aunque fuera imposible dejarla seca. Con toda la cara llena de sus jugos, me levanté y le estampé un chape fuerte. Ojo por ojo, ahora le tocaba a ella vivir un chape con su sabor. Interrumpimos el beso para revisar que todavía no hubiese movimientos, y volvimos a besarnos hasta bajar un poco la adrenalina. Pero la calentura se rehusaba a bajar. No sabía cómo lo íbamos a hacer, pero necesitábamos coger. No hizo falta pronunciar una sola palabra. Nos mirábamos, y sabíamos lo que el otro se moría por decir. Necesitábamos coger en ese mismo momento, en ese mismo lugar, si o si. Ahí, a 11km de altura en el medio del Océano Atlántico.
Miré el baño, pero con las azafatas cerca iba a terminar siendo más riesgoso. Le puse de nuevo las calzas, le hice un gesto de que se levante despacio de su asiento, y me senté ahora yo en su lugar. Lo recliné un poco, y me bajé el pantalón hasta asomar la pija, que estaba ya a punto de reventar. Saqué y me puse un preservativo de un paquete que tenía en la mochila. Y sin tener que siquiera darle señal, se bajó lo suficiente la calza y la tanga hasta dejar solo expuesta la concha, y se sentó arriba mío de frente, enterrándose mi pija. Ya la había explorado toda con mis dedos y mi lengua, pero igual me sorprendió lo apretada que se sentía en la pija. Tapados por las frazadas, muuuuy despacio y con cuidado, empezó a subir y bajar. Me exprimía la pija con su concha, con cada movimiento. Suprimíamos nuestros gemidos con un beso casi no soltamos durante el resto de la cogida. La calentura y la adrenalina era total. Y aún después de haber acabado tan brutalmente en la boca de Carla, estaba tan caliente que no me faltaba mucho para darle la poca leche que todavía me quedaba. No creía poder durar más de unos minutos con los sentones que me estaba pegando la italiana.
Pero no lo llegamos a averiguar. De golpe vemos que una azafata se asoma de la galería de adelante. Antes de que siquiera la azafata empezara a caminar por el pasillo, en un segundo la italiana se paró y se acomodó rápido como si fuera a ir al baño, y la azafata le pasa por al lado, continuando hacia la parte de atrás del avión aparentemente sin prestar atención a nosotros. Hoy pienso que igual de algo se dio cuenta, pero se hizo totalmente la boluda. Igual ya no queríamos seguir tentando demasiado a la suerte. Cuando la azafata terminó de pasar y cerrar la cortina de atrás nuestro, Carla volvió a cruzarse a mi asiento, se agachó de rodillas como estaba yo al principio, y quedando tapada por la frazada me hizo uno de los mejores petes de mi vida. El anterior encuentro entre su boca y mi pija había sido nada más que para contener mi leche de explotar sobre el asiento. Ahora si, era un pete de verdad, con todas las letras, aunque por supuesto con cuidado y en el más absoluto silencio.
Me envolvía y lustraba la cabeza de la pija con su lengua, jugando a intentar entrar por el agujerito en la punta. Sentir su lengua y toda esa baba en mi pija era sublime. Como parte del compromiso por mantener el silencio, ella en ningún momento pasó de uno o dos centímetros más allá de la cabeza, y yo tampoco insistí, aunque tuve que contener más de una vez el impulso de agarrarla de los pelos y hacerle tragar todo el tronco hasta la garganta (no nos podíamos arriesgar a que tenga una arcada!). Pero estaba ya tan, tan, tan caliente que solo me llevó unos 2 o 3 minutos más para acabar nuevamente. No esperaba que me salga tanto después de nuestro primer episodio, pero aún así me sorprendí a mi mismo dándole algunos lechazos bien fuertes contra su lengua. Esa boca me sacaba más leche de la que pensé que podía tener. De nuevo, se tragó hasta la última gota sin decir nada, mientras clavaba sus ojos contra los míos, llenos de calentura. La cara de petera que puso mientras me terminó de limpiar y lustrar la pija fue digna de un cuadro. Y, al igual que la primera vez, subió directamente a darme un fuerte chape, aunque esta vez menos violento.
Estábamos exhaustos. Habíamos acabado dos veces cada uno, y toda la adrenalina nos bajó de golpe. Nos quedamos un rato en los asientos hasta enfriar un poco la situación en cucharita (o lo más cerca de cucharita que la mini división del medio de nuestros asientos nos permitió). Fuimos por separado a los baños. Yo me lavé la pija con la poca agua que salía de ese diminuto lavatorio, y me volví al asiento. Ninguno de los dos nos cambiamos el pantalón (no podíamos hacer ruido bajando los carry-ons y buscando otra muda de ropa!), aunque ella luego me dijo que se sacó su tanga. Cuando ya estábamos los dos de regreso en los asientos hubo una mirada muy cómplice, pero sin palabras. Solo nos dimos un último beso, esta vez suave y tierno, bajando la temperatura. Y nos dormimos.
Cinco o seis horas después nos despertaron con la luz de la cabina para desayunar. Estábamos a poco más de una hora de aterrizar en Madrid. Cruzamos miradas y algunas palabras a tono de “no puedo creer lo que pasó”, pero nos contuvimos de hacer comentarios demasiado picantes. Con toda la cabina despierta, me dio un ataque de vergüenza, pero nadie a nuestro alrededor siquiera hizo un gesto o nos puso una mirada rara. Habíamos hecho un buen trabajo ocultando nuestra aventura. Y si alguien sí se había dado cuenta, hizo un muy buen trabajo disimulándolo.
Fuimos de los primeros que retornaron a los baños luego de desayunar para cambiarnos a nuestra ropa de desembarque. Ya habían pasado varias horas del encuentro furioso, por lo que tanto su calza como mi pantalón estaban totalmente secos y sin rastros visibles de lo que habíamos hecho, pero aún así queríamos cambiarnos lo antes posible, sobre todo al estar los dos sin ropa interior!
Dormimos bastante, pero igual estábamos un poco cansados, con jet-lag y con hambre. Así que en el lounge del aeropuerto comimos algo, hablamos, y hubo algún chape, pero no pasó nada más. No había dormido tanto como había pensado para dar la charla, pero estaba tan arriba y con esa sensación de "soy el rey del mundo", que igual di una de las mejores presentaciones de mi vida esa tarde, luego de pasar rápido por el hotel a tirar las valija y cambiarme a una camisa.
Si, obviamente antes de separarnos con Carla intercambiamos números, con la esperanza de cruzarnos de nuevo en algún lugar de Europa. Teníamos una atracción magnética que casi nunca había sentido antes con otra persona, y por la sonrisa y mirada que me puso al despedirnos, intuí que ella también sentía algo parecido. Lo que habíamos hecho era un locura absoluta, que la verdad yo nunca había pensado que podía llegar a hacer ni en mis sueños!
Yo tenía varios meses por delante de ese lado del Atlántico, y si bien no tenía planeada ninguna visita de trabajo a Italia y tampoco ella a donde yo iba a estar, si la calentura del chat nos volvía a superar, podríamos organizar para vernos en algún fin de semana.
Y, por supuesto, eso fue lo que pasó. Y no solo un fin de semana! Pero esas son otras historias, para otros posts. Solo voy a decir por ahora que, por suerte, su departamento en Milan tenía buena aislamiento de sonido.
0 comentarios - Cogiendo en un avión sobre el Atlántico