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El problema de los seis cuerpos (9)

Capítulo 1Capítulo 2Capítulo 3Capítulo 4Capítulo 5Capítulo 6Capítulo 7Capítulo 8

Después de nuestro fin de semana desatado, tuvimos la suerte de no volver a la rutina. El lunes, mientras yo trabajaba, Valentina cumplió su promesa: se acercó a ver a Dani por la mañana, y echaron varios polvos (al parecer, lejos del escándalo, estuvieron encantados con que su hijo tuviera una follamiga). Después de eso, pasaron por casa de Valentina, él se hizo Daniela, y fueron a comprar ropa, la cual vinieron a enseñarme cuando terminé de trabajar. Nada excesivo: pantalones cortitos, camisetas escotadas, y otras prendas que le permitían lucir cuerpo siendo mujer. Y por supuesto, bragas, tangas, sujetadores, y un par de bikinis, que se habían comprado a juego, y lucieron para mi.

“Ya te costaba guardar un solo vestido, un sujetador y unas bragas… ¿qué harás con todo eso?”, le pregunté. Daniela y Valentina estaban en bikini, subidas en mis piernas, y yo les metía mano.

“Le he ofrecido dejarlo en mi casa y que venga a cambiarse cuando quiera”, dijo Valentina, “aunque quizá a ti no te importaría tener ropa suya para cuando viene a verte”, dejó caer.

“Si no le importa venir, yo no tengo ningún problema”; dije, y apreté un poco la teta de Daniela.

“Mmmmm… ¿pretendes ponerme cachonda?”, preguntó.

“Sí”

Y ambas se pusieron en cuatro delante de mi. No les quité el bikini para follarlas, solo aparté la tela un poquito para metérsela, primero a Daniela y luego a Valentina, hasta que nos dio la hora de cenar.

El martes vino Daniel a hacerme compañía, mientras Valentina tenía trabajo como fotógrafa en un evento. Ella vino a verme al día siguiente, y pasamos una tarde muy entretenida y excitante.

El jueves vinieron las dos, con la expresión muy seria.

“¿Ha pasado algo?”, pregunté.

“Tenemos que hablar contigo de un tema delicado”, dijo Valentina. Daniela parecía no atreverse a mirarme directamente. Las dejé entrar y fuimos al sofá.

“¿Os habéis enamorado y vais a dejar nuestra relación de follamigos?”

“No vas a librarte de nosotras. A no ser que te enfades mucho”, siguió Valentina. Daniela se sentó tras ella. “Mira, he estado hablando estos días con Dani. Me encanta lo que has hecho por ella. Pero… aparte de su ex, de ti y de mi, no ha tenido otras experiencias sexuales”

“Ajá…”

“Dani tiene que probar otras pollas”, soltó.

Asimilé aquellas palabras. Luego miré a Dani, quien me esquivaba la mirada.

“¿Tú quieres hacerlo?”, le pregunté.

“No lo sé… he tenido muchas fantasías con mi cuerpo de mujer, pero… contigo estaba tan bien que no me he planteado nada desde entonces”, murmuró.

“Creo que tiene derecho a experimentar un poco más”, dijo Valentina, dándole la mano. “Queremos saber si estás bien con eso”

Era difícil decir que sí. Me había acostumbrado tanto a nuestra dinámica que meter a otro hombre para follar con Dani me parecía terrible. Pero al fin y al cabo… solo éramos amigos. No podía posicionarme en contra.

“Si es lo mejor para ella, adelante”, respondí. Dani parecía aliviada. De pronto, Valentina me puso un papel delante. “¿Qué es esto?”

“Una invitación, para una orgía, mañana”, me respondió. “Me invitaron, y pensé que era el mejor sitio para que Dani experimentase”

“¿Vais a ir?”

Vamos a ir. Puedo llevar compañía, aśi que quiero que vengáis ella y tú. Ella, para aprender. Y tú, porque te aprecio y no quiero que te quedes aquí solo, ¿vale? Tendrás barra libre de chicas… o de chicos, que es una orgía bi”, nos contó. “Allí las únicas normas son llevar antifaz, no tocar sin consentimiento, usar preservativo, y ropa interior oscura”

“Si estáis seguras de que lo hagamos, de acuerdo”, acepté. Al menos no me iba a quedar a dos velas. “¿Vamos a ir juntos los tres, o…?”

“Quería ir con Dani, por si se veía superada, echarle una mano. Tú puedes venir con nosotras o explorar libremente”

“Creo que me moveré por mi cuenta”, respondí. Una cosa era saber que otros se las iban a follar, y otra quedarme a verlo. Que no son tus novias, me recordé, pero me dio igual. “Y tú, Dani… ¿vas a estar toda la noche de chica?”, pregunté.

“Hay baños, al parecer… podría cambiar allí si me apetece”, respondió. Aun estaba nerviosa.

De modo que nos limitamos a salir a cenar, para guardar nuestras energías para el día siguiente.

Valentina lo organizó todo, y vino a buscarme al día siguiente en taxi, poco antes de la hora. Dani ya iba con ella. Al parecer quien quisiera cenar debía ir ya con algo en el estómago, de modo que merendé un buen bocadillo para tener energías para la noche. En el taxi, Valentina me dio el antifaz (“Mejor si salimos ya discretos del coche”, me explicó). Dani iba en medio de ambos, muy nerviosa. Yo le acaricié la pierna y le sonreí, cosa que pareció agradecer.

Llegamos a una casa privada de las afueras de la ciudad, tipo chalé. Dos guardias esperaban en la puerta. Valentina dijo la contraseña (“Pollones”) y nos dejaron pasar. Nada más en la puerta, nos indicaron de quitarnos la ropa de calle, aunque podíamos llevar la ropa interior. Las guardaron en bolsas numeradas, y nos dieron un distintivo con el número de nuestra bolsa. Yo opté por ir directamente desnudo.

“Recordad que aquí dentro a la gente no le gusta hablar mucho”, nos dijo Valentina, quién se había quedado solo con el tanga puesto. “Pásalo bien, cielo”, me dijo, y me dio un beso.

“Eso… disfruta mucho”, añadió Daniela, más vergonzosa iba con el sujetador y las bragas. También me besó, y luego se fue de la mano con Valentina.

Empecé a moverme por la casa. En el salón ya había como diez personas, hombres y mujeres, montándoselo de pie o en el sofá. Se me aproximó una mujer desnuda, con un preservativo en la mano. Señaló mi picha, y yo asentí. Ella sonrió, y empezó a hacerme una paja, provocándome una erección instantánea. Probó a chupármela, pero debía tener mucha prisa por follar, así que me dio el preservativo, que abrí fácilmente, y luego me lo puse. Ahí de pie, ella levantó una pierna, y con cuidado, se dejó caer sobre mi erección.

En esa posición empecé a follármela. Sujeté su pierna, facilitando las embestidas, mientras ella subía y bajaba por mi picha. La magreé el culo mientras nos movíamos. Ella apoyó la cabeza en mi hombro y sentí sus jadeos. Por instinto la hubiera besado, pero en aquella circunstancia no parecía ser la mejor idea, de modo que me preocupé de mi propio placer, y disfruté de su coñito hasta que me corrí. Con el polvo acabado, ella se limitó a irse. Me quité la gomita, y encontré un sitio donde había preservativos nuevos y un cubo para echar los usados.

Continué por el salón, esquivando a la gente que se lo montaba sin parar. Había una puerta que daba al jardín, y salí. Una música insinuante sonaba en el ambiente. Pude ver una piscina, donde había como una quincena de gente follando un poco todos con todos. Habían habilitado dos barras americanas, donde dos jóvenes, una chica y un chico, bailaban denudos al son de la música, a pesar de que nadie ocupaba las sillas que habían puesto para disfrutar del espectáculo.

Me senté a mirar. Estos no habían acabado la universidad, seguro. Se les veía jóvenes, delgados, esbeltos. Los dos tenían culazo, la chica tenía unas tetas no muy grandes pero bonitas, y el movimiento del pene del chico con su baile era hipnótico. Ambos estaban también tapados por el antifaz. Cuando me senté, detuvieron el baile, me señalaron y luego se señalaron entre sí. Levanté dos dedos, y ambos sonrieron y se acercaron a mi. El césped era blando, así que no me sentí mal porque gateasen a por mi en la hierba, y entre los dos me la empezasen a chupar.

A ella se le daba bastante mejor que a él, pero le ponía empeño. Y una mamada gratis es una mamada gratis. Mientras le dejaba a él la tarea de chupármela, ella fue a por otro dispensador de condones y vino con dos en la mano. El stripper se apartó para dejarla hacer. Con mucha habilidad, la chica me puso la gomita y luego se subió a horcajadas sobre mi. Su compañero se situó tras ella y, para mi sorpresa, la ayudó a subir y bajar. Joder, así se las ponen a los reyes… disfruté de su coñito apretado durante un buen rato, hasta que su compañero se detuvo y empecé a sujetarla yo por las caderas para follarla.

Me corrí cuando él regresaba, con un sobrecito de lubricante. Me entregó su culo, el cual fui dilatando mientras me recuperaba del orgasmo anterior, y me puse de pie para empezar a darle por el culo. El rebote de mis testículos con los suyos me encantaba. La chica parecía dispuesta a bailar de nuevo, pero salió en ese momento una madura al jardín, reclamando su compañía, y la joven fue a darse el lote lésbico. Yo me seguí follando al joven, quien gemía con mis embestidas, hasta que me corrí una vez más. Me sonrió y se ocupó de desechar los dos condones que había usado.

Caminé a la piscina, y me senté en el borde, mojándome las piernas. Hacía una noche estupenda. Y ver a tanta gente follando sin complejos era excitante. De pronto, una pareja mixta vino nadando a por mí. Yo les acepté. Salí del agua, y ellos conmigo. Para mí sorpresa, me vi envuelto entre ambos. Ella me comía la boca, mientras él empezaba a dilatarme el culo. Empecé a chupetear las tetas de la mujer, y entonces me vi apoyado sobre las piernas del hombre, bocarriba. Se puso un condón. Gemí cuando le noté entrando en mi culo.

Me sujeté con ganas a la mujer, chupando sus tetas como si pretendiera borrarle los pezones. Las embestidas del hombre no eran muy duras, lo cual agradecí. Mi cuerpo se movía en sintonía con sus penetraciones. La mujer se movió, colocando con suavidad mi cabeza entre sus piernas. Empecé a lamer su chocho mientras su pareja me seguía follando, despacio, y ella me acariciaba el cuerpo. Noté una mano haciéndome una paja, y disfruté de aquella experiencia hasta que me corrí.

Después de recuperarme, ahí tendido en el suave césped, me levanté y volví al interior. En una de las mesitas del salón se habían puesto dos chicas, y permitían que se acercasen los hombres para chupársela. Las manchas de semen por sus cuerpos me hicieron entender que buscaban un bukkake. Me acerqué a ellas. Sonrieron y la que estaba más cerca me atrajo y me la empezó a chupar, mientras otro chico (que debía ser más joven que yo), se arrimaba a la otra y ella le empezaba una mamada. Un tercero se acercó, con timidez, y se puso entre los dos. La que me la chupaba empezó a hacerle una paja.

Entre las dos empezaron a sincronizarse de maravilla para chupárnoslas a los tres, a turnos. Tampoco hizo falta mucho tiempo. El más joven empezó a correrse mientras la de la mesa le hacía una paja, y no evité fijarme en que se dibujaba una sonrisa en su rostro. De ese modo, a la que me había acercado y que en ese momento me masturbaba, volvió a chupármela, mientras su compañera se dedicaba a lamer la picha del otro. Avisé a la chica cuando estaba por correrme, y ella esbozó un “gracias”, mientras dirigía mi polla sobre sus tetas para que me corriese encima, al tiempo que el que estaba a mi lado se corría sobre la cara de la joven, que había cerrado la boca y le caía todo sobre la carita.

Mi amiga me limpió un poco el falo antes de dejarme ir. Cuando llegué al pasillo, más gente se había ido sumando a la orgía. Sin querer mi picha rozó el culo de un chico que le estaba dando por culo a un maduro, pero no se ofendió y siguió dándolo todo con sus caderas. Un poco más lejos, una mujer le comía el coño a una joven, con los brazos extendidos para acariciarle las tetas. Como no se podía continuar por el pasillo, pues había un guarda pidiendo contraseñas, subí a la planta primera.

Allí había un par de habitaciones también custodiadas por guardias, pero las otras estaban completamente abiertas para quien quisiera pasar. Probé a darme una vuelta por la primera… y vi precisamente lo único que no quería ver en toda la noche. En una cama de matrimonio se estaban follando a Valentina y Daniela. Las dos estaban en cuatro, cada una con un hombre detrás metiéndosela (ni sé ni me importaba si era sexo vaginal o anal) mientras ellas se las chupaban a otros dos. Aquella imagen me incomodó. Especialmente por Daniela. Yo era consciente de que Valentina solía moverse por estos ambientes, pero Dani me despertaba un inmerecido sentimiento de posesión. Salí de la habitación, procurando que no me vieran.

Terminé en otro cuarto donde dos chicas se la chupaban a un tío. Cuando asomé la cabeza, me hicieron unirme al grupo. Las dos se tumbaron en la cama, y el otro me tendió un cuenco con condones que había en la mesilla. Me puse uno, y el chico me ofreció elegir, mientras ellas ya estaban entretenidas en un 69. Me fui a por la más madurita, dejándole la joven a él. Me puse detrás de la mujer, entre sus piernas, y con la polla enfundada en el condón empecé a metérsela. El otro comenzó a empujar dentro de la otra.

Las dos chicas seguías con la comida mutua de coño mientras se las metíamos. De hecho, sentí la presión en mi polla cuando la lengua de la otra presionaba en el chochito de la que me estaba follando. Perdí la concentración por un momento, y se la saqué, momento que aprovechó la otra para hacerme una mamada y luego volver a guiar mi polla al coño de su amiga. Me miró con una mezcla de sonrisa y placer, a causa de las embestidas que recibía del otro. Yo disfruté de la experiencia y me corrí llenando el condón.

Terminada la aventura, me llevé un preservativo para el camino, y continué moviéndome por el chalé. Me asomé al tercer dormitorio que estaba en uso. Un hombre de cabello grisáceo rebotaba sobre la picha de un joven, mientras otros dos se pajeaban contra su cara, y una mujer que debía ser la esposa se metía los dedos mientras contemplaba el espectáculo. Allí yo no pintaba nada, de modo que me di la vuelta.

Cerca de la escalera, me topé con una joven de hermosas tetas que llevaba las bragas puestas. Le hice un gesto y se acercó a mi, pero puso la mano entre medias, deteniéndome. No entendí. Me tomó la mano y la llevó a su entrepierna, y entonces comprendí. Había un bulto… A mi ya no me importaba nada esa noche, de modo que empecé probando el sabor de sus tetas antes de dejarme caer por su vientre y alcanzar su paquete. Empecé a darle besos sobre las bragas, hasta que se las quité.

No me permití dudarlo y empecé a chupar su erección, dejando que se hiciera dura en mi boca. Parecía que ella no se lo esperaba. Me miraba desde arriba, sorprendida, mientras yo estaba en el pasillo, arrodillado, dándole placer. Noté que su polla se escurría en mi boca, por unos suaves movimientos de cadera que hacía la chica. Me dejé hacer, mientras notaba algo en mi que me daba placer por el simple hecho de darle placer a ella. Me hizo un gesto con los dedos: quería follar. Asentí y me levanté.

Tal vez se esperaba otra cosa, pero no protestó cuando le puse el condón. Me apoyé en la barandilla, desde donde podía ver a la gente follando en el pasillo, y la dejé hacer. Ella me la metió con exquisita suavidad. Uf… no estaba mal dotada, no… pero mi culo ya se había abierto un poco aquella noche y no le fue difícil metérmela sin dolor. Noté que mi cuerpo respondía, y mi culo chocaba con la pelvis de la chica con cada acometida. Sentí su mano buscando mi polla y empezó a hacerme una paja, al mismo ritmo que me follaba. Me terminé corriendo en su mano mientras ella llenaba el condón con su lefa.

Se despidió de mi chupando el semen que le había caído en la mano, y con una sonrisa. Yo decidí que había tenido suficiente por aquella noche. Cuando me repuse del polvo, bajé por las escaleras y regresé a la entrada. Me dieron mi bolsa con mi ropa y una toalla. Me limpié un poco, y fui pidiendo un taxi con el móvil antes de vestirme. Cuando salí del chalé, ya me estaba esperando. No pude evitar mirar hacia atrás mientras el coche se alejaba. ¿Se habrían marchado ya Dani y Valentina? ¿Se las seguían follando en ese momento o estarían terminando? ¿Y hasta qué hora aguantarían allí?

Cuando llegué a mi casa, me fui a la cama directo, sin desnudarme.

Por la mañana, me despertó el timbre. Yo aún estaba medio dormido. Empecé a recibir mensajes en el teléfono. Apenas eran las 9:00. Los mensajes eran de Dani. “¿Estás? Por favor, ábreme. Quiero hablar contigo.” Más timbrazos. Di una voz para que supiera que ya iba. Abrí la puerta, frotándome los ojos.

“Buenos dí…”

No pude acabar la frase. Daniela se me echó encima y me dio un beso. Muy lento, muy tierno. Cerramos la puerta y nos quedamos en pie, en medio de la casa.

“Qué efusiva”, comenté.

“JP… quiero hablar de lo de anoche”, empezó. “Pero primero te tengo que hacer una pregunta… ¿tú me odias?”

“¿Qué?”

“Que si me odias. Por lo que pasó… te vi asomado cuando nos estaban follando”

“Oh… no. Es decir… mira, admito que, después de las semanas que llevamos follando, se me hizo incómodo. Pero tú tenías que hacerlo, y…”

“Eso es…”, tomó mi mano y me llevó al sofá, donde me habló sin soltármela. “Valentina tenía razón en una cosa… tenía que probar aquello. Me gustó muchísimo todo lo que pude experimentar. Me hacía falta. Y luego, me esperó mientras me convertía en chico, y aquello fue incluso mejor… No te daré detalles, ¿vale? Pero me sentí vivo”

“Me alegro por ti”

“Oye, que yo te vi disfrutando con la chica trans y no te lo voy a recriminar”, murmuró. “Pero ahora que ha pasado la noche… creo que sé lo que quiero”

“¿Y qué quieres?”

“A ti. Y a Valentina. Se equivocó en una cosa… tendrías que haber venido con nosotras. Porque aunque lo gocé mucho, te echaba de menos. Incluso si tenía que haber otros follándome, yo te quería cerca, disfrutando con alguien más. A Valentina le debo mucho, y no quiero renunciar a ella, pero… menos quiero renunciar a ti”

A pesar de mi enfado, no pude evitar abrazarla. Aquellas palabras significaban mucho.

“¿Prometido? Si volvemos a ir a una orgía, vamos los tres juntos”

“De acuerdo. Aunque no sé si se repetirá”, bromeé.

“Mientras me siga viendo contigo, eso no me importa. Y ahora, quiero detalles. ¿Qué hiciste anoche?”

Le conté mis encuentros nocturnos, que escuchó con interés. Le conté lo de la mujer que me había montado de pie, lo de los bailarines, lo del matrimonio de la piscina, las chicas de la bukkake, el cuarteto y lo de la trans. Después, me contó Daniela. Lo pude más o menos llevar, aunque la parte en la que me contaba cómo había estado con tres hombres a la vez (que por supuesto le habían follado el coñito, el culo y la boca) se me hizo dura. Y en ese momento, llamaron al timbre.

Me levanté a abrir.

“Hola, chicos. ¿No me reconocéis?”

En la puerta había un joven. Al principio, no pude identificarle. Pero… aquellos ojos castaños me eran familiares. Muy familiares. Su pelo, que llevaba en media melena, era de un color rubio que conocía muy bien. Y ese tono moreno de piel, de sus orígenes latinos y acentuado por el tiempo en la playa… no me lo podía creer.

“¿Quién es?”, preguntó Daniela, detrás de mi.

“Valentina…”
CONTINUARÁ

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