
Sofía no lloró en el entierro.
El rostro sereno, la piel blanca bajo la sombra del vestido negro. Huérfana a los 20, con el alma en carne viva y el corazón clausurado.
Su madrina Claudia, amiga íntima de su madre, la llevó a casa como quien recoge un trozo de sí misma. Esteban, su padrino, apenas habló. Solo le abrió la puerta y cargó sus maletas.
El hijo de ambos, Tomás, la observó desde la escalera.
Tenía 23 años y un pasado sin sobresaltos. Pero algo cambió apenas la vio entrar: el cabello castaño recogido a la fuerza, las ojeras que le daban un aire más maduro, y ese cuerpo moldeado por la pena, la rabia, el silencio.
Sofía no era una chica común.
Era un misterio con forma de mujer.
Y Tomás sintió un ardor en el pecho y más abajo.
Los primeros días fueron silenciosos. Ella se encerraba mucho. Caminaba por la casa sin hacer ruido. Pero él la observaba desde todos los rincones: en la cocina, cuando se inclinaba a buscar una taza. En el pasillo, cuando salía de bañarse con la toalla justa sobre los pechos.
Una noche, la escuchó. Agua corriendo. Vapor saliendo por la rendija de la puerta del baño.
Él pasó por delante… y se detuvo.
Algo dentro de él ya no pedía permiso.
Empujó apenas la puerta. No hizo ruido.
Y ahí estaba. Sofía. De espaldas. Desnuda. La piel mojada, el agua resbalándole por la espalda y bajando por sus caderas anchas. Tenía las piernas firmes, torneadas, y un culo tan perfecto que Tomás tuvo que apoyarse en la pared para no gemir.
Ella se tocaba el cuello, los pechos. Cerraba los ojos.
El chorro golpeaba su vientre. La mano descendía.

Él no podía moverse. Hasta que ella se giró. Lo vio. Y no se cubrió.
Sus pezones estaban duros, su cuerpo chorreaba.
Sus ojos no mostraban miedo. Solo sorpresa… y algo más.
Deseo contenido.
—¿Te gusta espiarme? —preguntó ella, apenas audible entre el ruido del agua.
Tomás abrió los labios, pero no contestó.
Sofía dio un paso hacia él, sin vergüenza, sin toalla.
—Si vas a mirar, mirá bien.
Luego se giró de nuevo, dejándole ver cada curva.
Y siguió bañándose. Tomás cerró la puerta y se fue, la respiración entrecortada, la pija palpitándole bajo el pantalón.
No había vuelta atrás. Sofía ya no era solo la ahijada de sus padres. Era la fantasía que acababa de despertar.
Desde aquella noche en el baño, Tomás no volvió a dormir bien.
La imagen de Sofía desnuda, el agua recorriéndole el cuerpo, esa mirada sin miedo que le atravesó el alma… lo perseguía.
Cada vez que la escuchaba caminar por el pasillo, su cuerpo se tensaba.
Cada vez que hablaba, le temblaban las manos.
Pero ella… parecía intacta. Como si nada hubiera pasado.
Hasta que una tarde, la encontró en la cocina. Vestía un short suelto y una camiseta sin corpiño.
Pies descalzos. Cabello suelto. Piel húmeda como recién salida de la ducha.
Tomás quiso evitarla, dar media vuelta. Pero ella se le acercó con una sonrisa ladina.
—¿Vas a seguir haciéndote el boludo?
Él se detuvo. Tragó saliva.
—¿De qué hablás?
Sofía se apoyó en la mesada. Lo miró fijo.
—Me viste desnuda, Tomás. No fue casual. No cerraste la puerta sin querer.
Él no supo qué decir.
Ella dio un paso más, y le susurró:
—Y si vos me viste… ahora me toca a mí. Quiero verte. O le cuento a tu madre.
Tomás sintió cómo la sangre le bajaba directo al centro. El corazón le latía en la garganta.
—¿Estás jodiendo?
—No.
Se subió a la mesada con lentitud. Abrió las piernas, dejando que el short se estire, marcando su humedad evidente.
—Quiero verte. Acá. Ahora. Tocándote. Como lo hacés pensando en mí. Tomás quedó helado.
Ella bajó una mano hasta su muslo. No se tocó, solo se mostró.
—Me miraste… y no dijiste nada. Te excitaste viéndome. Lo vi en tus ojos. Lo noté en tu respiración.
—Sofía…
—¿Te gusta que te mire así? —dijo ella, mordiéndose el labio—. ¿Te calienta que sea yo la que lo pida?
Él no se movía. Estaba a punto de explotar.
Ella bajó de la mesada, pasó junto a él, rozándole el pecho con los pezones duros bajo la tela fina.
—Masturbate para mí, Tomás. Quiero ver cómo lo hacés. Quiero ver si me deseás tanto como creo.
Y antes de que él pudiera decir algo, se detuvo en la puerta.
—No te toqués hasta que yo te lo diga. ¿Entendiste?
Lo miró por encima del hombro, con una sonrisa cruelmente dulce.
Y se fue. Lo dejó ahí.
Duro. Caliente. Lleno de furia, deseo… y obediencia.
Esa noche, Tomás no durmió.
Y Sofía… tampoco.
Los dos sabían que lo que vendría después ya no sería un juego. Sería guerra.
La tensión entre ellos era un hilo tenso que nadie se atrevía a cortar.
Desde aquella noche en la cocina, Tomás no podía sacarse de la cabeza la imagen de Sofía sobre la mesada, con las piernas abiertas, exigiendo verlo. Ella, en cambio, actuaba como si nada… pero cada mirada suya lo perforaba.
Hasta que llegó la noche.
Eran casi las once. La casa dormía.
Y el mensaje le llegó simple, directo, como un disparo:
“Vení a mi pieza. Cerrá la puerta.”
Tomás sintió el corazón golpearle el pecho. Caminó en silencio, con los pies descalzos. Al llegar, la puerta estaba entreabierta. Empujó con cuidado.
Sofía lo esperaba sentada en la cama. Camiseta, sin pantalón. Piernas cruzadas. Cabello suelto.
—Cerrá. Lo hizo.
—Acercate. Lo hizo.
Sofía no sonreía. Lo miraba fijo, con los ojos oscuros, decididos.
—Vos me viste en el baño. Me espiabas. Me deseaste en silencio. Me imaginaste de mil maneras. ¿No es cierto?
Tomás tragó saliva, apenas asintió.
—Bueno. Ahora yo quiero ver.
—¿Ver qué?
—Todo. Quiero verte temblar.
Se paró frente a él.
Con un solo gesto, levantó la camiseta por encima de su cabeza. No llevaba ropa interior.
Sus tetas firmes, los pezones endurecidos por la expectativa.
Su vientre plano. Y más abajo… su vagina brillando.

—Mostrame lo que te hago sentir.
Tomás dudó. Pero su cuerpo no.
Se sacó la camiseta. Luego el pantalón.
Y quedó desnudo frente a ella, con el pene duro, expuesto, vulnerable.
Los ojos de Sofía recorrieron su cuerpo sin apuro.
—Eso es mío —dijo, como quien reclama lo que le pertenece—. Y esta noche, solo vas a hacer lo que yo diga.
Lo empujó hacia la silla. Se sentó en la cama frente a él, con las piernas abiertas.
—Quiero verte tocándote. Sin miedo. Mirándome.
Tomás obedeció. Cerró los ojos, pero ella lo reprendió con voz baja:
—No. Abrí los ojos. Quiero ver cómo me mirás cuando te doy lo que querés.
Comenzó a moverse sobre la cama. Abrió más las piernas. Se acarició la concha con dos dedos, suaves, lentos, húmedos.
Tomás se pajeaba sin pudor. Estaba al límite.
—¿Te gusta lo que ves?
—No sabés cuánto.
—¿Querés estar adentro mío?
—Desde que llegaste a esta casa.
Ella se mordió el labio.
—Entonces esperá. Todavía no.
Quiero que te explotes pensándome.
Quiero que termines mirándome a los ojos.
Y después… quizás… te deje probarme.
Sofía se acercó. Lo besó suave en los labios.
Le susurró:
—Pero no hoy.
Y se fue a dormir.
Tomás se quedó ahí. Desnudo. Temblando.
La mano suelta. La respiración agitada.
El cuerpo encendido. El alma en llamas.
Sofía lo había poseído sin tocarlo del todo. Y él ya no le pertenecía.
Pasaron dos días sin que Sofía dijera nada.
Lo había dejado desnudo, duro, con el cuerpo latiendo por dentro… y desde entonces, ni una palabra más sobre aquella noche. Tomás se arrastraba por la casa con el deseo tatuado en la piel.
No dormía. No pensaba. Solo esperaba.
Hasta que el viernes, cerca de la medianoche, escuchó tres golpes suaves en su puerta.
Era ella. Vestía solo una remera larga. Nada debajo. Ojos cargados de algo más que ganas.
Entró sin pedir permiso. Sin miedo.
Lo miró a los ojos y habló con una voz baja, casi ronca.
—Hoy no vas a mirar.
Hoy vas a tocar. A empujar. A romperme si hace falta.
Se sentó sobre él sin que tuviera tiempo de reaccionar. Le besó la boca con una mezcla de furia y ternura. Le mordió el labio.
Le bajó los pantalones. Y ahí estaba, su pija dura, caliente, a punto de estallar.
—Esto es mío —susurró, acariciándolo con las manos —. Y quiero sentirlo entero.
Se alzó apenas, abrió las piernas sobre él, y se lo metió en la concha de una sola vez, profundo, hasta el fondo, húmeda, caliente, desesperada.
Un gemido escapó de ambos.
Y ahí comenzó la guerra.

Sofía se movía como si lo necesitara para vivir.
Lo cabalgaba lento al principio, mirándolo, susurrándole cosas al oído.
—¿Pensabas en esto cuando me espiabas en el baño?
—Sí. Te quería así. Sentada en mí. Sintiéndome.
—Pues ahora no pares. No te detengas hasta que no pueda caminar.
Tomás la agarró de las caderas y empezó a empujar hacia arriba, chocando con ella con fuerza. Sus cuerpos húmedos, los gemidos mezclados. El olor a sexo llenaba la habitación.
La hizo girar. La tumbó boca abajo y se la metió en la concha desde atrás, con una mano en la cintura y la otra en su nuca.

—¡Así! —gritó ella—. Cógeme así. Haceme tuya.
Cada embestida era más salvaje. La piel contra piel, los jadeos, los cuerpos chocando como si el mundo pudiera terminarse en ese cuarto.
Se giraron otra vez. Ella se subió encima y comenzó a cabalgarlo con furia, llorando del placer, con las tetas rebotando y el vientre marcado por las contracciones.
—Me llenás entera —gimió—. Sos mío, ¿entendés?
Mío.
Y Tomás explotó. Se vino adentro, profundo, sintiéndola contraerse, sentirlo, absorberlo.
Ella también acabó, quebrada sobre su pecho, arañándole el alma.
Cayeron uno sobre el otro, sudados, exhaustos.
Silencio. Respiración agitada. Corazones desbocados.
—Ya no hay vuelta atrás —dijo ella, con la voz temblorosa.
—Ni la quiero.
Afuera, la casa seguía en silencio.
Pero dentro de esa habitación, lo prohibido ya no era un límite.
Era una promesa.


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