Mi nueva actitud estaba trayendo nuevas sensaciones, me sentía con ganas de todo, me sentía más joven. Más viva.
Llegó el sábado y solo tenía mi mente en la noche. Le dije a mi esposo que salía a cenar con una amiga de la secundaria, como un reencuentro. A las 8:30 entré a bañarme y a prepararme. Al mediodía estuve de compras y me gustó mucho un conjuntito de bombacha y corpiño blanco, puro como yo. De encaje, sexy sin ser vulgar, me gusta ese estilo.
Me encremé y a ese conjunto nuevo agregué una falda negra algo ajustada, no muy corta pero sí sensual, arriba de la rodilla; una musculosa algo suelta, y unos zapatos con un poco de taco. Tenía el teléfono cargando para no quedarme sin batería, y mi esposo me dice desde el living:
—Tenés un mensaje del técnico del aire.
Me apuré para llegar a desconectar el teléfono antes que él lo mirara. Por suerte, solo se veía de quién era el mensaje, pero no el contenido. Lo desbloqueé y leí:
“A las 10 en la Shell de Acceso Oeste.”
Le dije a mi esposo:
—Dice que en la semana viene a terminar lo que falta.
—Ok —respondió sin tanta preocupación.
Busqué las llaves de mi auto, y de nuevo mi esposo con sus consejos:
—Si vas a tomar, andá en Uber mejor.
Tenía razón, mejor ir sin auto. Pedí uno y esperé en la entrada de casa. Cuando llegó, subí y un señor muy amable me daba charla. El viaje era de 25 minutos. Le llamó la atención mi destino, una estacion de servcicio en el autopista, pero me dijo:
—Menos averigua Dios... y perdona.
Cuando faltaban 5 minutos para llegar, me llegó otro mensaje:
“Ya estoy. Peugeot negro y la patente xxx.”
Yo me sentía muy puta y entregada a la experiencia. Me desabroché el corpiño y me lo saqué con la musculosa puesta.
—Hace calor, y creo que queda mejor sin —le dije al conductor mientras le guiñaba el ojo. Pagué, bajé y caminé unos metros. Vi que el auto prendía las luces. Me acerqué y lo reconocí por el vidrio delantero: estaba polarizado el resto. Subí y lo saludé con un beso.
—Qué linda estás —me dijo.
Estaba siendo muy amable, distinto a la vez anterior. Hablamos de cualquier cosa mientras él manejaba por la autopista. Bajó en Ituzaingó y llegamos a una casa con parque. Tocó bocina y le abrieron el portón. Entramos con el auto. Había dos autos más adentro. Un poco me asustaba. También Alejandro me había dicho en el camino que me iba a cuidar. No sabía bien de qué.
Nos recibió Mariano, el dueño de la casa, y sentí cómo me comió con la mirada cuando bajé del auto. Me dio un beso y me dijo:
—Bienvenida, pasá, que estamos adentro con el aire.
La casa era pequeña pero linda, con una pileta mediana y unas reposeras, típica casita de fin de semana. Adentro nos esperaban Esteban y Raúl. En una mesa chica cuadrada con 4 sillas, copas de vino, algunas ya servidas, y un mazo de naipes. Cada uno se sentó en una silla y yo quedé parada al lado de Alejandro, que me dijo al oído antes de sentarse:
—Esta es una tradición de nuestras juntadas, no te preocupes.
Y empezaron una partida de truco. Jamás entendí cómo se juega y menos me interesó. Jugaron dos contra dos, y entendí que Mariano y Marcos le ganaron a Alejandro y Raúl. En medio de la celebración, seguía sin entender cómo se jugaba.
Mariano le dice a su compañero de juego:
—¿Compartimos premio o hacemos mano a mano?
— Mano a mano
Reparten cartas y juegan entre ellos dos. En celebración de nuevo, Mariano, cuando tiró la última carta, se rió y dijo:
—Mi momento, muchachos.
Se paró, se acercó a mí y me tomó de la mano. Yo, muy sumisa, solo me dejaba hacer. Ilusa pensaba que estábamos haciendo tiempo mientras llegaban más personas a la reunión, pero no, seríamos solos nosotros y notaba cuál era el plan. Caminé pocos pasos y se detuvo. Yo de espaldas a los otros muchachos. Me acarició el cuello y me hizo estremecer, con mucha suavidad. La otra mano en mi cintura y las mías al costado de mi cuerpo. Mientras me tenía del cuello con autoridad pero sin hacerme daño, bajó su otra mano a la cara interior de mi muslo. De nuevo, suavidad y firmeza en la caricia. Fueron algunos segundos y mis ojos ya cerrados disfrutando el movimiento. El calor del ambiente se sumaba al de mi cuerpo.
Ahora sus dos manos apoyadas en mi cola. Se agachó delante mío y metió ambas manos dentro de mi pollera. Mis piernas levemente separadas, y con una habilidad única me bajó la bombacha sin levantarme la pollera. En dos segundos la tenía en las rodillas y en dos segundos más ya estaba mi prenda en sus manos. Se la llevó a su cara y la olió profundamente.
—Mmm, qué delicia —exclamó.
Se acercó a la mesa y dejó mi bombacha arriba, y desde allí me sonrió. Ufff, qué hombre. Ya me tenía para lo que quería. Pasamos al cuarto. Yo vestida pero sin ropa interior. Apenas entramos, cerró la puerta y me arrinconó con un beso que me derritió. Él más alto, yo con mis tacos manteniendo el equilibrio. Me tocó la concha y sentía más calor, suavemente por su borde. Yo quería más. Él sabía y lo hacía a propósito. Me alzó en un movimiento y me llevó hasta la cama. Me tiró y quedé boca arriba. Avanzó sobre mí, abrí mis piernas y lo tenía chupándome la concha. Suave y por momentos animal, puro instinto.
Metía dos de sus dedos y jugaba dentro mío mientras me miraba a los ojos. Yo, con la boca entreabierta, me hacía notar en sus dedos y mi expresión cómo acababa. Todo un macho como me gustan. Morocho, alto, 1.88 me dijo después. Se sacó la remera mientras yo seguía desparramada en la cama boca arriba, y se arrodilló en la cama a mi lado. Me incorporé y desabroché su cinto. Desabroché su botón y bajé el cierre sin sacarle la mirada a la cara. Asomó una pija hermosa, casi 20 cm, gordita y con algunas venas marcadas. La acaricié suavemente y comencé a chupársela. Su sabor, su perfume, todo me atraía. Fue tomando más firmeza y por sus sonidos sabía que él la estaba pasando bien. Pasé mi lengua por todos lados, mucho en su glande, me encanta atrapando su juguito, delicioso. Acariciaba sus huevos y pasaba mis uñas lentamente. Noté que le gustaba eso. No sé cuánto tiempo se la chupé, pero fue hermoso, muy caliente.
Terminó de desvestirme y quedé acostada mientras me tocaba un poco la concha. La tenía caliente, mojada y con ganas de que me coja. Él terminó de desvestirse también, parado, mientras me miraba tocarme. Se subió sobre mí y empezó a chuparme las tetas mientras sentía su pija apoyada en mi cuerpo. Me chupaba rico y por todo el cuerpo, mi cuello. Se frenó en mi boca y me besó, como me gusta, con autoridad. Tomó de la mesita un preservativo y se lo puso. Puso su pija en mi concha y suavemente entró. La dejó un momento dentro, siempre mirándome a la cara. Comencé a gemir suave, estaba muy caliente. Se movía lento y por momentos más rápido y acabé apretando mis uñas en su espalda. Él, muy experimentado, notó mi momento y aceleró sus movimientos, y me decía:
—Sí, putita, ¿cómo estás? Dale, cogeme vos.
Y ni lenta ni perezosa acepté el reto. Lo hice salir y acostarse en la cama. Me subí de frente y me metí esa pija hermosa en la concha. Empecé a moverme, a cabalgarlo y estaba hecha una perra. Sentía que algo me molestaba, que quería sentir más. Así que me la saqué un segundo para de un tirón desde la punta sacarle el forro. Y me volví a sentar, ahora sintiendo bien su piel, su calor. Necesitaba eso, sentir un hombre que me guste y coger sin límites entre nosotros. Él se sorprendió pero me dejó hacerlo. La tuve bien metida y me movía adelante y atrás sin sacarla.
—Llenámela, cariño —me salió decirle.
Y siguiendo con mi movimiento, él se incorporó medio sentado, me tomó de la cintura y sumó su movimiento de atrás y adelante. Sentía mi concha explotada y me encantaba. Hasta que me agarró más fuerte de la cintura y acabó. Sentí cómo latía su pija y me llenó de leche. Me besó y me dijo:
—Sé que esto lo vamos a repetir muchas veces. Desde ahora vas a ser mía.
Solo me salió decir sí con la cabeza. Todavía estaba dentro mío y salió despacio. Empezó a vestirse y me dijo:
—Ahora entran los muchachos, atendelos así podemos irnos.
Lo miré asombrada, pero no voy a contradecir a mi macho. Luego supe que el premio era ser el primero y solo, pero todos tendrían su premio.
Llegó el sábado y solo tenía mi mente en la noche. Le dije a mi esposo que salía a cenar con una amiga de la secundaria, como un reencuentro. A las 8:30 entré a bañarme y a prepararme. Al mediodía estuve de compras y me gustó mucho un conjuntito de bombacha y corpiño blanco, puro como yo. De encaje, sexy sin ser vulgar, me gusta ese estilo.
Me encremé y a ese conjunto nuevo agregué una falda negra algo ajustada, no muy corta pero sí sensual, arriba de la rodilla; una musculosa algo suelta, y unos zapatos con un poco de taco. Tenía el teléfono cargando para no quedarme sin batería, y mi esposo me dice desde el living:
—Tenés un mensaje del técnico del aire.
Me apuré para llegar a desconectar el teléfono antes que él lo mirara. Por suerte, solo se veía de quién era el mensaje, pero no el contenido. Lo desbloqueé y leí:
“A las 10 en la Shell de Acceso Oeste.”
Le dije a mi esposo:
—Dice que en la semana viene a terminar lo que falta.
—Ok —respondió sin tanta preocupación.
Busqué las llaves de mi auto, y de nuevo mi esposo con sus consejos:
—Si vas a tomar, andá en Uber mejor.
Tenía razón, mejor ir sin auto. Pedí uno y esperé en la entrada de casa. Cuando llegó, subí y un señor muy amable me daba charla. El viaje era de 25 minutos. Le llamó la atención mi destino, una estacion de servcicio en el autopista, pero me dijo:
—Menos averigua Dios... y perdona.
Cuando faltaban 5 minutos para llegar, me llegó otro mensaje:
“Ya estoy. Peugeot negro y la patente xxx.”
Yo me sentía muy puta y entregada a la experiencia. Me desabroché el corpiño y me lo saqué con la musculosa puesta.
—Hace calor, y creo que queda mejor sin —le dije al conductor mientras le guiñaba el ojo. Pagué, bajé y caminé unos metros. Vi que el auto prendía las luces. Me acerqué y lo reconocí por el vidrio delantero: estaba polarizado el resto. Subí y lo saludé con un beso.
—Qué linda estás —me dijo.
Estaba siendo muy amable, distinto a la vez anterior. Hablamos de cualquier cosa mientras él manejaba por la autopista. Bajó en Ituzaingó y llegamos a una casa con parque. Tocó bocina y le abrieron el portón. Entramos con el auto. Había dos autos más adentro. Un poco me asustaba. También Alejandro me había dicho en el camino que me iba a cuidar. No sabía bien de qué.
Nos recibió Mariano, el dueño de la casa, y sentí cómo me comió con la mirada cuando bajé del auto. Me dio un beso y me dijo:
—Bienvenida, pasá, que estamos adentro con el aire.
La casa era pequeña pero linda, con una pileta mediana y unas reposeras, típica casita de fin de semana. Adentro nos esperaban Esteban y Raúl. En una mesa chica cuadrada con 4 sillas, copas de vino, algunas ya servidas, y un mazo de naipes. Cada uno se sentó en una silla y yo quedé parada al lado de Alejandro, que me dijo al oído antes de sentarse:
—Esta es una tradición de nuestras juntadas, no te preocupes.
Y empezaron una partida de truco. Jamás entendí cómo se juega y menos me interesó. Jugaron dos contra dos, y entendí que Mariano y Marcos le ganaron a Alejandro y Raúl. En medio de la celebración, seguía sin entender cómo se jugaba.
Mariano le dice a su compañero de juego:
—¿Compartimos premio o hacemos mano a mano?
— Mano a mano
Reparten cartas y juegan entre ellos dos. En celebración de nuevo, Mariano, cuando tiró la última carta, se rió y dijo:
—Mi momento, muchachos.
Se paró, se acercó a mí y me tomó de la mano. Yo, muy sumisa, solo me dejaba hacer. Ilusa pensaba que estábamos haciendo tiempo mientras llegaban más personas a la reunión, pero no, seríamos solos nosotros y notaba cuál era el plan. Caminé pocos pasos y se detuvo. Yo de espaldas a los otros muchachos. Me acarició el cuello y me hizo estremecer, con mucha suavidad. La otra mano en mi cintura y las mías al costado de mi cuerpo. Mientras me tenía del cuello con autoridad pero sin hacerme daño, bajó su otra mano a la cara interior de mi muslo. De nuevo, suavidad y firmeza en la caricia. Fueron algunos segundos y mis ojos ya cerrados disfrutando el movimiento. El calor del ambiente se sumaba al de mi cuerpo.
Ahora sus dos manos apoyadas en mi cola. Se agachó delante mío y metió ambas manos dentro de mi pollera. Mis piernas levemente separadas, y con una habilidad única me bajó la bombacha sin levantarme la pollera. En dos segundos la tenía en las rodillas y en dos segundos más ya estaba mi prenda en sus manos. Se la llevó a su cara y la olió profundamente.
—Mmm, qué delicia —exclamó.
Se acercó a la mesa y dejó mi bombacha arriba, y desde allí me sonrió. Ufff, qué hombre. Ya me tenía para lo que quería. Pasamos al cuarto. Yo vestida pero sin ropa interior. Apenas entramos, cerró la puerta y me arrinconó con un beso que me derritió. Él más alto, yo con mis tacos manteniendo el equilibrio. Me tocó la concha y sentía más calor, suavemente por su borde. Yo quería más. Él sabía y lo hacía a propósito. Me alzó en un movimiento y me llevó hasta la cama. Me tiró y quedé boca arriba. Avanzó sobre mí, abrí mis piernas y lo tenía chupándome la concha. Suave y por momentos animal, puro instinto.
Metía dos de sus dedos y jugaba dentro mío mientras me miraba a los ojos. Yo, con la boca entreabierta, me hacía notar en sus dedos y mi expresión cómo acababa. Todo un macho como me gustan. Morocho, alto, 1.88 me dijo después. Se sacó la remera mientras yo seguía desparramada en la cama boca arriba, y se arrodilló en la cama a mi lado. Me incorporé y desabroché su cinto. Desabroché su botón y bajé el cierre sin sacarle la mirada a la cara. Asomó una pija hermosa, casi 20 cm, gordita y con algunas venas marcadas. La acaricié suavemente y comencé a chupársela. Su sabor, su perfume, todo me atraía. Fue tomando más firmeza y por sus sonidos sabía que él la estaba pasando bien. Pasé mi lengua por todos lados, mucho en su glande, me encanta atrapando su juguito, delicioso. Acariciaba sus huevos y pasaba mis uñas lentamente. Noté que le gustaba eso. No sé cuánto tiempo se la chupé, pero fue hermoso, muy caliente.
Terminó de desvestirme y quedé acostada mientras me tocaba un poco la concha. La tenía caliente, mojada y con ganas de que me coja. Él terminó de desvestirse también, parado, mientras me miraba tocarme. Se subió sobre mí y empezó a chuparme las tetas mientras sentía su pija apoyada en mi cuerpo. Me chupaba rico y por todo el cuerpo, mi cuello. Se frenó en mi boca y me besó, como me gusta, con autoridad. Tomó de la mesita un preservativo y se lo puso. Puso su pija en mi concha y suavemente entró. La dejó un momento dentro, siempre mirándome a la cara. Comencé a gemir suave, estaba muy caliente. Se movía lento y por momentos más rápido y acabé apretando mis uñas en su espalda. Él, muy experimentado, notó mi momento y aceleró sus movimientos, y me decía:
—Sí, putita, ¿cómo estás? Dale, cogeme vos.
Y ni lenta ni perezosa acepté el reto. Lo hice salir y acostarse en la cama. Me subí de frente y me metí esa pija hermosa en la concha. Empecé a moverme, a cabalgarlo y estaba hecha una perra. Sentía que algo me molestaba, que quería sentir más. Así que me la saqué un segundo para de un tirón desde la punta sacarle el forro. Y me volví a sentar, ahora sintiendo bien su piel, su calor. Necesitaba eso, sentir un hombre que me guste y coger sin límites entre nosotros. Él se sorprendió pero me dejó hacerlo. La tuve bien metida y me movía adelante y atrás sin sacarla.
—Llenámela, cariño —me salió decirle.
Y siguiendo con mi movimiento, él se incorporó medio sentado, me tomó de la cintura y sumó su movimiento de atrás y adelante. Sentía mi concha explotada y me encantaba. Hasta que me agarró más fuerte de la cintura y acabó. Sentí cómo latía su pija y me llenó de leche. Me besó y me dijo:
—Sé que esto lo vamos a repetir muchas veces. Desde ahora vas a ser mía.
Solo me salió decir sí con la cabeza. Todavía estaba dentro mío y salió despacio. Empezó a vestirse y me dijo:
—Ahora entran los muchachos, atendelos así podemos irnos.
Lo miré asombrada, pero no voy a contradecir a mi macho. Luego supe que el premio era ser el primero y solo, pero todos tendrían su premio.
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