Bueno está es la segunda parte que en mi opinión se está poniendo más buena
El siguiente día en la tienda empezó como cualquier otro: los estantes estaban en orden, el sol caía igual, y el sonido del refrigerador seguía vibrando en el fondo.
Pero Omar no era el mismo.
Tenía en la cabeza todo lo que había pasado con Martha la tarde anterior.
No fue un sueño.
Lo sentía en las yemas de los dedos. En la boca. En el cuerpo.
Y lo peor… en las ganas de repetirlo una y otra vez.
Pasado el mediodía, la puerta volvió a sonar con su rechinido de siempre.
Era ella.
Vestía lo mismo de siempre: ropa floja, cabello recogido, sandalias. Pero esta vez, la mirada no era la misma.
Sus ojos lo buscaron de inmediato, con una mezcla de nervio, picardía y ese fuego que no se apaga tan fácil.
Omar no dijo nada. Tampoco ella.
Pero cuando se acercó al mostrador y le puso la mirada encima, bastó ese instante para entenderlo: el juego seguía.
—¿Hoy qué vienes a buscar? —le dijo él, con una sonrisa sutil.
—Pan. Y otra vez… salchicha —dijo, mordiéndose apenas el labio.
Omar bajó la mirada hacia el mostrador. Sus manos ya se movían, pero su cabeza estaba en otro lado.
—¿Cuántas?
—Solo dos hoy… me porté bien.
—¿Segura que te portaste bien? Porque yo estuve pensando en ti toda la noche.
Martha se acercó un poco más, bajando la voz:
—Yo soñé contigo.
—¿Sí? —Omar la miró directo—. ¿Qué hicimos?
—Lo mismo de ayer… pero esta vez, me quedé más tiempo —susurró.
Él tragó saliva. Ese comentario le caló. El pantalón le apretó de inmediato.
—¿Y a qué hora tienes “tiempo” hoy?
Ella miró hacia la calle, luego al interior de la tienda.
—En un ratito salgo por unas cosas… sola.
Omar asintió.
—Entonces dejo libre la bodega… y me guardo algo más que salchicha.
Ella sonrió, se dio la vuelta y se fue como si nada. Pero al cruzar la puerta, se bajó un poco la blusa de la espalda, dejando ver que no llevaba sostén.
Fue su forma de decirle “nos vemos en un rato… y te voy a dejar con más hambre que ayer.”
Omar se apoyó contra el mostrador, mordiéndose el labio.
Esa mujer lo estaba llevando al límite.
Y él ya sabía que el día siguiente no sería muy diferente.
Porque una vez que pruebas lo prohibido... lo cotidiano nunca vuelve a saber igual.
Eran las 4:17 p.m.
Omar ya lo sabía porque llevaba mirando el reloj cada dos minutos.
La tienda estaba vacía. El aire, cargado de expectativa.
Y entonces... el rechinido.
Martha.
Pero esta vez, no caminó con la calma habitual. Venía más rápido, más decidida.
Sin niño. Sin bolsa. Sin rodeos.
—¿Ya tienes lo que me ibas a guardar? —le soltó sin saludar.
Omar sintió cómo la sangre le bajaba al cuerpo y se le subía todo lo demás.
Cerró la cortina metálica de la entrada a medio camino, no del todo, pero lo justo.
Luego le hizo una seña con la cabeza.
Sin palabras.
Sabían perfectamente a qué venían.
Caminaron al fondo, entraron a la bodega.
No hubo besos lentos esta vez.
Fue puro deseo desatado.
La empujó suavemente contra una pared de cemento.
Ella alzó los brazos por encima de la cabeza, como ofreciéndose entera.
Omar se lanzó directo a su cuello, besándola con hambre, mientras con ambas manos le bajaba los pantalones hasta las rodillas.
Martha no llevaba nada debajo.
De nuevo.
Y eso fue todo lo que Omar necesitaba para volverse loco.
—Quítate eso ya —le dijo ella, jadeando, señalando su pantalón.
Él obedeció. Rápido. Con fuerza.
Esta vez no se anduvieron con pausas.
La levantó, apoyándola contra la pared, sus piernas alrededor de su cintura, su cuerpo ya encendido.
Y cuando la penetró de nuevo, profundo, sin pedir permiso, ella dejó escapar un gemido que tuvo que ahogar mordiéndose el labio.
—Así, así como ayer... —le susurró ella, agarrándole la cara con ambas manos mientras lo miraba a los ojos.
El ritmo fue brutal desde el inicio.
Martha se aferraba a su cuello, lo besaba, le lamía el lóbulo, mientras sus caderas se movían en sincronía perfecta con cada embestida.
Omar le apretaba las nalgas con una mano, y con la otra le metió dos dedos en la boca, lento, como si supiera que le encantaba sentirse dominada.
Ella los chupó con desesperación, mirándolo con esos ojos rendidos.
—No pares, Omar... no pares... —decía entre jadeos, cada vez más rápido.
Cuando él sintió que estaba por venirse, la bajó con cuidado, le dio la vuelta, y la apoyó sobre una caja.
La tomó por detrás, fuerte, con las dos manos en su cintura, y la cogió con todo lo que tenía.
El sonido del culo de Martha chocando contra su pelvis llenaba la bodega.
El olor del sexo, del sudor, de la lujuria sin control… era puro fuego.
Y cuando Omar se vino, lo hizo agarrándola del cabello, metido hasta el fondo, apretando los dientes, soltando todo lo que llevaba acumulado en esa única escena.
Ambos quedaron jadeando, sudados, sucios… pero sonrientes.
—Me vas a hacer venir diario —le dijo ella, sin aliento.
—Entonces tráete más pretextos… porque yo ya no pienso negarte nada.
Para finalizar esta parte le comento que le saque una foto sin que se diera cuenta y le pedí a chat gpt que la hiciera estilo anime, más que nada por seguridad se que es poco probable pero no quiero que alguien que la conozca vea la foto y y aún que los nombres son falsos ya con la foto fácilmente se puede deducir quién soy, aún así no quería dejarlos sin nada visual

Les prometo que voy a seguir trabajando para crear imagen más realista y que se parezcan más a ella
El siguiente día en la tienda empezó como cualquier otro: los estantes estaban en orden, el sol caía igual, y el sonido del refrigerador seguía vibrando en el fondo.
Pero Omar no era el mismo.
Tenía en la cabeza todo lo que había pasado con Martha la tarde anterior.
No fue un sueño.
Lo sentía en las yemas de los dedos. En la boca. En el cuerpo.
Y lo peor… en las ganas de repetirlo una y otra vez.
Pasado el mediodía, la puerta volvió a sonar con su rechinido de siempre.
Era ella.
Vestía lo mismo de siempre: ropa floja, cabello recogido, sandalias. Pero esta vez, la mirada no era la misma.
Sus ojos lo buscaron de inmediato, con una mezcla de nervio, picardía y ese fuego que no se apaga tan fácil.
Omar no dijo nada. Tampoco ella.
Pero cuando se acercó al mostrador y le puso la mirada encima, bastó ese instante para entenderlo: el juego seguía.
—¿Hoy qué vienes a buscar? —le dijo él, con una sonrisa sutil.
—Pan. Y otra vez… salchicha —dijo, mordiéndose apenas el labio.
Omar bajó la mirada hacia el mostrador. Sus manos ya se movían, pero su cabeza estaba en otro lado.
—¿Cuántas?
—Solo dos hoy… me porté bien.
—¿Segura que te portaste bien? Porque yo estuve pensando en ti toda la noche.
Martha se acercó un poco más, bajando la voz:
—Yo soñé contigo.
—¿Sí? —Omar la miró directo—. ¿Qué hicimos?
—Lo mismo de ayer… pero esta vez, me quedé más tiempo —susurró.
Él tragó saliva. Ese comentario le caló. El pantalón le apretó de inmediato.
—¿Y a qué hora tienes “tiempo” hoy?
Ella miró hacia la calle, luego al interior de la tienda.
—En un ratito salgo por unas cosas… sola.
Omar asintió.
—Entonces dejo libre la bodega… y me guardo algo más que salchicha.
Ella sonrió, se dio la vuelta y se fue como si nada. Pero al cruzar la puerta, se bajó un poco la blusa de la espalda, dejando ver que no llevaba sostén.
Fue su forma de decirle “nos vemos en un rato… y te voy a dejar con más hambre que ayer.”
Omar se apoyó contra el mostrador, mordiéndose el labio.
Esa mujer lo estaba llevando al límite.
Y él ya sabía que el día siguiente no sería muy diferente.
Porque una vez que pruebas lo prohibido... lo cotidiano nunca vuelve a saber igual.
Eran las 4:17 p.m.
Omar ya lo sabía porque llevaba mirando el reloj cada dos minutos.
La tienda estaba vacía. El aire, cargado de expectativa.
Y entonces... el rechinido.
Martha.
Pero esta vez, no caminó con la calma habitual. Venía más rápido, más decidida.
Sin niño. Sin bolsa. Sin rodeos.
—¿Ya tienes lo que me ibas a guardar? —le soltó sin saludar.
Omar sintió cómo la sangre le bajaba al cuerpo y se le subía todo lo demás.
Cerró la cortina metálica de la entrada a medio camino, no del todo, pero lo justo.
Luego le hizo una seña con la cabeza.
Sin palabras.
Sabían perfectamente a qué venían.
Caminaron al fondo, entraron a la bodega.
No hubo besos lentos esta vez.
Fue puro deseo desatado.
La empujó suavemente contra una pared de cemento.
Ella alzó los brazos por encima de la cabeza, como ofreciéndose entera.
Omar se lanzó directo a su cuello, besándola con hambre, mientras con ambas manos le bajaba los pantalones hasta las rodillas.
Martha no llevaba nada debajo.
De nuevo.
Y eso fue todo lo que Omar necesitaba para volverse loco.
—Quítate eso ya —le dijo ella, jadeando, señalando su pantalón.
Él obedeció. Rápido. Con fuerza.
Esta vez no se anduvieron con pausas.
La levantó, apoyándola contra la pared, sus piernas alrededor de su cintura, su cuerpo ya encendido.
Y cuando la penetró de nuevo, profundo, sin pedir permiso, ella dejó escapar un gemido que tuvo que ahogar mordiéndose el labio.
—Así, así como ayer... —le susurró ella, agarrándole la cara con ambas manos mientras lo miraba a los ojos.
El ritmo fue brutal desde el inicio.
Martha se aferraba a su cuello, lo besaba, le lamía el lóbulo, mientras sus caderas se movían en sincronía perfecta con cada embestida.
Omar le apretaba las nalgas con una mano, y con la otra le metió dos dedos en la boca, lento, como si supiera que le encantaba sentirse dominada.
Ella los chupó con desesperación, mirándolo con esos ojos rendidos.
—No pares, Omar... no pares... —decía entre jadeos, cada vez más rápido.
Cuando él sintió que estaba por venirse, la bajó con cuidado, le dio la vuelta, y la apoyó sobre una caja.
La tomó por detrás, fuerte, con las dos manos en su cintura, y la cogió con todo lo que tenía.
El sonido del culo de Martha chocando contra su pelvis llenaba la bodega.
El olor del sexo, del sudor, de la lujuria sin control… era puro fuego.
Y cuando Omar se vino, lo hizo agarrándola del cabello, metido hasta el fondo, apretando los dientes, soltando todo lo que llevaba acumulado en esa única escena.
Ambos quedaron jadeando, sudados, sucios… pero sonrientes.
—Me vas a hacer venir diario —le dijo ella, sin aliento.
—Entonces tráete más pretextos… porque yo ya no pienso negarte nada.
Para finalizar esta parte le comento que le saque una foto sin que se diera cuenta y le pedí a chat gpt que la hiciera estilo anime, más que nada por seguridad se que es poco probable pero no quiero que alguien que la conozca vea la foto y y aún que los nombres son falsos ya con la foto fácilmente se puede deducir quién soy, aún así no quería dejarlos sin nada visual

Les prometo que voy a seguir trabajando para crear imagen más realista y que se parezcan más a ella
0 comentarios - Martha, mi clienta favorita (parte 2)